José Eduardo Umaña Mendoza
Fuente: CIJP
1. Abogado (Institución: Universidad Nacional)
1. Defensor de Derechos Humanos - Sin Datos
2. Sin datos - Universidad Nacional
Hechos
El 18 de abril de 1998 en Bogotá, D. C., paramilitares ejecutaron en su residencia a JOSÉ EDUARDO UMAÑA MENDOZA, 52 años, abogado egresado de la Universidad Nacional, educador, investigador, defensor de los Derechos Humanos, de presos políticos y de dirigentes sindicales.
El hecho ocurrió hacia el mediodía cuando los victimarios llegaron al edificio Los Conquistadores, ubicado en el barrio Nicolás de Federmán y se identificaron con el vigilante como periodistas de un noticiero de televisión que tenían una cita con el Doctor Umaña. El vigilante se comunicó al apartamento en que residía José Eduardo y le consultó sobre la supuesta cita, ante lo cual el abogado autorizó su entrada y los paramilitares no tuvieron dificultad para ingresar al edificio dirigiéndose al apartamento de José Eduardo, en donde también funcionaba su oficina. Allí, amordazaron a la secretaria y tras encerrarla en el baño, se dirigieron a la oficina privada del penalista, quien se encontraba solo y lo ejecutaron de tres impactos de bala en la cabeza con un arma provista de silenciador, razón por la cual ninguno de los vecinos, ni siquiera el vigilante de la edificación, se enteraron de lo ocurrido.
De la misma forma en que ingresaron, los paramilitares llegaron hasta la portería con una cámara de televisión y se despidieron del vigilante huyendo luego en un vehículo. La Secretaria logró liberarse minutos después y se dirigió hasta el estudio del Doctor Umaña, donde encontró su cadáver. José Eduardo había sido víctima de amenazas de muerte, en numerosas ocasiones (1).
Aunque Umaña Mendoza era un reconocido defensor de los derechos humanos y ganó muchos enemigos entre el Ejército Nacional, y otros estamentos del Estado precisamente por su labor, hay que mirar su asesinato en el contexto de la defensa que hacía de algunos dirigentes de la USO. Él mismo denunció las amenazas en su contra y las puso en ese contexto.
“Doy a conocer que recibí en los primeros días del mes de febrero sendas llamadas telefónicas, ambas en las horas de la mañana por parte de una voz masculina, quien manifestó en una y otra ocasión la preocupación por la inminencia de mi asesinato por parte de funcionarios judiciales de investigación criminal, miembros de inteligencia militar y altos funcionarios de seguridad interna de la empresa ECOPETROL. Dicha persona manifestó que los responsables del plan de asesinato tienen que ver de manera directa con las investigaciones que se han hecho en la causa criminal contra el dirigente sindical César Carrillo Amaya y que los motivos del mismo serían las denuncias y averiguaciones que he realizado respecto del montaje de que ha sido víctima César Carrillo para ser juzgado. Igualmente afirmó que los autores del plan consideran que yo soy un peligro a causa de las denuncias que he hecho en contra los organismos de seguridad del Estado y contra funcionarios de ECOPETROL por su indebida interferencia en los procesos criminales” (Eduardo Umaña Mendoza. A los trabajadores del mundo! Represión a trabajadores de la USO. La justicia sin rostro... sin rostro de justicia, pág. 20, citado en USO, op. cit., (nota 120) (2).
Información Personal
Despedida a José Eduardo Umaña Mendoza
Querida familia Umaña Mendoza,
queridos Patricia, Diana Marcela y Camilo Eduardo,
querida familia, ya sensiblemente diezmada, de los defensores de derechos humanos,
amables asistentes todos a este acto:
El hecho doloroso que hoy nos reúne fue quizás presentido por la mayoría de nosotros, con temor y estremecimiento, durante largos años.
Los hostigamientos y amenazas, los riesgos y azares que rodearon la vida de José Eduardo durante muchos años, se convirtieron en una pesadilla permanente que fue agotando nuestros escasos recursos defensivos.
Finalmente los victimarios actuaron, luego de esperar en la sombra por mucho tiempo. Entre tanto acumularon montañas de víctimas, muchas de las cuales lo afectaron también a él profundamente.
Ninguna intimidación, sin embargo, pudo doblegarlo o hacerlo claudicar de sus opciones fundamentales. Aquí está su cuerpo ensangrentado recogido en su campo de brega. Si algo puede mirarse con nitidez desde la cima de su muerte, es el hecho de que su sendero no tuvo curvas ni desvíos. Inflexible y tozudo en su búsqueda de justicia, había tasado en el más alto precio sus ideales: el precio su propia vida.
Permítanme que como cristiano y como sacerdote, que no puedo prescindir de una clave de lectura de fe de este tipo de acontecimientos, comparta un momento con ustedes, creyentes y no creyentes, algunas reflexiones que esa clave hermenéutica me sugiere.
Pasión, Muerte y Resurrección, se amalgaman en un solo misterio para iluminar el sentido de nuestra conflictiva historia humana.
Más allá de las interpretaciones literales de los relatos evangélicos de la Resurrección, en esos capítulos finales de los Evangelios descubrimos un hermoso tejido redaccional que nos conduce a discernir, desde los valores últimos de nuestra existencia, el sentido de un profeta derrotado.
Un escritor marxista checoeslovaco, Milan Machovec, en su precioso libro "Jesús para ateos", comenta un episodio del final del cuarto Evangelio, en el que Pedro ingresa, estupefacto, al sepulcro de Jesús, y al mirar su vacío CREE en lo que antes no había podido comprender: que Jesús no podía permanecer en la muerte. Machovec comenta:"el momento en que Pedro descubrió que Jesús era todavía el vencedor, aunque no hubiera habido nada más que una desoladora y concreta muerte de cruz, ha sido uno de los momentos más grandes de la humanidad y de la historia".
Y es que el mensaje de la Resurrección no es comprensible sino como una mirada en profundidad, o como un discernimiento de sentido, del drama de la cruz. Y tampoco este drama es comprensible si se le separa del proyecto histórico de Jesús, como búsqueda de justicia en un mundo insolidario y opresor.
La fe en la Resurrección es, en el fondo, descubrir el sentido del sinsentido. Creer en un profeta derrotado y creerlo vencedor, no por ingenuidad o autoengaño consolador, sino porque ha sido posible, en algún momento, asomarse a los valores últimos y absolutos de la existencia y de la historia, y hacer, desde allí, una apuesta existencial.
Sobre este telón de fondo quiero leer este acontecimiento doloroso: la muerte violenta de un amigo, con el cual compartí también, en el santuario sagrado de la amistad, apuestas existenciales muy hondas.
Desde su muy temprana juventud, José Eduardo hizo opciones fundamentales en su vida. No escogió el camino de la riqueza y el poder, al cual pudieron invitarlo, halagadoramente, sus brillantes dotes intelectuales y sociales. En el ejemplo de su padre, aquí presente, encontró otra alternativa que lo sedujo, pasando por encima de las censuras sociales y de las tempestades de persecución que con frecuencia desestabilizaban su mundo familiar.
Su clara inteligencia le permitió profundizar y develar las estructuras del sistema económico, político, social y cultural en el cual estamos sumergidos, y encontrarse cara acara con la injusticia en sus más desnudas y crudas manifestaciones. Optó, entonces, por acompañar y hacer causa común con aquellos que, habiéndose atrevido a cuestionar, denunciar o transformar en alguna medida las formas más despiadadas de la injusticia, sufrían los rigores de persecuciones irracionales, brutales e ilegítimas.
Se fue convirtiendo en un apóstol del Derecho. Pero no del Derecho venal y mercantilizado que invadió desde hace mucho tiempo los templos, otrora soberanos y augustos, de la justicia, sino del Derecho que buscaba mantenerse en contacto permanente e insobornable con sus orígenes más humanos e históricos: como barrera ética frente a los abusos del poder y como cuerpo de principios cuyo sentido más auténtico solo es discernible desde el dolor y la tragedia de las víctimas del poder.
Este fue su mundo y su cotidianidad. Y solo desde allí pudimos descifrar sus posiciones, siempre tozudas e insobornables. Y solo desde allí pudimos comprender también sus mismos desajustes de salud y sus neurosis, secuelas inevitables de una tensión heroica dentro de un sendero minado por hostigamientos y persecuciones, pero al mismo tiempo marcado por opciones que nunca dejaron huellas de marchas hacia atrás.
La eventualidad de una muerte violenta, no pudo tomarlo por sorpresa. Tal posibilidad, no solo estaba presupuestada en su inventario existencial, sino que progresivamente se convertía en un riesgo cada vez más inminente. Pero José Eduardo había integrado esto, profunda y generosamente, en su horizonte de sentido. Lo afirmo, por haber penetrado numerosas veces en los repliegues de su conciencia, como beneficiario que fui de su amistad transparente, que estuvo siempre abierta a las más íntimas y delicadas confidencias.
Por sus manos pasaron centenas de millares de páginas de expedientes judiciales, donde el libreto estereotipado del sacrificio de los buscadores de justicia era algo más que rutinario. Y no es posible acostumbrase a esa lectura trágica sin implicarse, en alguna medida, personalmente. Por esto también es posible afirmar que la muerte estuvo presente en su mundo de sentido, antes de que surgiera, como última palabra, en el de la realidad.
La muerte cierra hoy, entonces, la profunda coherencia de su vida.
Su vida ha sido destruida; físicamente aniquilada. Todo nos invita a leerla como la de un profeta derrotado. Solo una apuesta existencial muy honda, en cuya lógica, aquellos que arrastran en su muerte ciertos rehenes, arrebatados a los valores más hondos del sentido, son vencedores indiscutibles en su misma muerte; en su misma derrota. Y estoy seguro de que casi todos, en esta plaza, compartimos esa apuesta, cuyas claves más recónditas coinciden con las claves del misterio pascual.
Mirada desde los polos objetivos, su muerte devela, con claridad meridiana, la perversidad de la maquinaria de muerte que se ha ido adueñando de nuestras instituciones. No podemos leerla sino como una intento más de suprimir la voz de las víctimas y las instancias de resistencia legal al imperante Terrorismo de Estado.
El crimen que segó su vida siguió todas las pautas del libreto vigente en este período del paramilitarismo.
La justicia institucional inició ya su camino rutinario que concluye inexorablemente en la impunidad, donde comparecerán innumerables personas absolutamente ajenas al crimen para llenar voluminosos cuadernos judiciales, pero donde nadie se atreverá a incursionar en los cuarteles de los victimarios para buscar alguna luz. Sabemos, de antemano, que estará prohibido hacer hermenéuticas del crimen desde los intereses en juego; desde sus contextos; desde el perfil de la víctima y desde los dinamismos objetivos que se quisieron destruir. Sabemos, de antemano, que estará prohibido hacer hipótesis sobre autorías intelectuales, aunque haya decenas de miles de casos que converjan en las mismas. Sabemos, de antemano, que el Establecimiento y el Estado condenarán el crimen en términos enérgicos, amparados en las consolidadas estructuras de encubrimiento que rigen hoy las relaciones entre lo institucional y lo para institucional.
José Eduardo emigra de nuestra historia dejando nuestra patria en ascuas; destrozada; deshecha.
El crimen escaló o neutralizó ya casi todas las sedes del poder. Se ensaña prioritariamente en los soñadores y constructores de un mundo más humano. La justicia misma ha sido demonizada o amordazada por el terror. Ríos de sangre nos inundan. Como dijo el poeta Jorge Robledo Ortiz, poco tiempo antes de morir:
"a las canecas de basura se bota la esperanza ...
Colombia es una historia de sol que se desangra;
una orquídea que violan sus propios jardineros; ...
es una niña triste que no pasa al tablero, por no mojar la tiza con la luz de sus lágrimas.
Irremediablemente se nos hunde la patria; no hay capitán que pueda enrutarla hacia un puerto; solo nos queda el polvo de los remordimientos, y el amor rematado en pública subasta!".
Esta patria te despide, José Eduardo, con el corazón en la mano. No podemos ocultarnos que el camino restante será más duro recorrerlo sin ti; sin tu tenacidad que desafiaba la muerte y con ella todas las barreras; sin tu solidaridad generosa; sin tu compromiso contagioso; sin tu esperanza inquebrantable; sin tu vitalidad desbordante.
Gracias por tu testimonio. Gracias por tu compromiso. Gracias por tu coherencia.
Tu memoria será imprescindible en el momento de construir un mundo sin esclavitudes.
Tu vida queda sembrada como piedra viva en los cimientos históricos de la utopía común que nos unió.
Hasta siempre, amigo entrañable.
Javier Giraldo M., S .J.
Universidad Nacional – Plaza Che Guevara - Abril 20 de 1998
Fuentes:
- 1. CINEP Paramilitarismo de Estado en Colombia 1988-2003
- 2. GEARÓID Ó LOINGSIGH: LA ESTRATEGIA INTEGRAL DEL PARAMILITARISMO EN EL MAGDALENA MEDIO DE COLOMBIA - Bogotá, septiembre de 2002
