Juan Pineda Gallego
Fuente: Archivo particular
1. Estudiante (Institución: Universidad del Atlántico)
1. Sin datos - Universidad del Atlántico
Hechos
El 17 de mayo de 1991 en Barranquilla, Atlántico, sicarios asesinaron a JUAN PINEDA GALLEGO, 35 años, conocido como “El Cucheto” y en los círculos ácratas como “El Gnomo”, estudiante de último año de derecho de la Universidad del Atlántico a la que había llegado en 1988 transferido desde la Universidad de Antioquia a instancias y por gestiones del por entonces Asesor de Paz de la Gobernación de Antioquia, Álvaro Tirado Mejía, para ponerlo a salvo ya que venía recibiendo múltiples amenazas y había sido objeto de dos atentados sicariales en su contra, uno de los cuales le dejó lesiones permanentes.
Relata la fuente: “El 17 de mayo de 1991 dos sicarios, que portaban armas automáticas, entraron campantes a la sede de la universidad, que para la época se localizaba en el centro de Barranquilla, se dirigieron hasta el aula 308 en donde había cerca de 30 estudiantes en clase de criminología, uno de los sicarios le pidió permiso al profesor para ingresar y ya en su interior se aproximó hasta donde se encontraba el estudiante de derecho y le disparó a quemarropa sin darle tiempo para nada, apenas para que la víctima reconociera el rostro de su victimario. Para cubrir su retirada el otro sicario, el que se había apostado a las afueras del salón de clases, hizo explotar bombas caseras distractoras. En un comunicado de la Asociación Sindical de Profesores Universitarios (ASPU) emitido el día en que ocurrió el homicidio se afirmó que éste es “obra de grupos sicariales que a mansalva y sobre seguro le cobra a los dirigentes su lucha al lado del pueblo”.
Hace ya varias lunas en una histórica jornada, quiso alguien en este desolado páramo de papanatas convocar a todos los espíritus ácratas. Utopía, ingenuidad y alucinaciones fornicaban plácidamente en su amotinado delirio.
Rápidamente fabricada con pócimas y susurros, la noticia viajó como el viento. El día señalado para la cita, todas las patologías libertarias se juntaron. Festivamente y por primera vez en estas tierras del Sangrado Corazón, éramos un solo hombre y un único y ejemplar manicomio autogestionado. El marqués de Sade bailaba con nuestra memoria. También Tolstoi, Lao-Tse y Thoreau nos hacían pacíficos guiños. Todo parecía estar perfectamente calculado para que sucediera de todo sin que realmente pasara nada, nada lamentable quiero decir. Y allí en ese circo de ilusiones y utopías, El Gnomo entró como un toro por la puerta grande albergando en su mirada toda la rabia de Ravachol. Sus dedos olían a pólvora. Todas las barricadas estaban a la altura de sus sueños. La libertad estaba en su cerebro. Su voz emanaba firme y segura como el fuego. Su lengua era una saeta cargada de toda clase de venenos. Nadie dudaba que su odi9o al poder era genuino. Aunque no lo dijera, su presencia tenía sobradas razones para conspirar contra un orden vertical, donde es sabido que el más grande humilla al más pequeño, al igual que el pez gordo se come al más chico, según la lógica caníbal del darwinismo social.
Obviamente en nuestra clínica, teóricamente de anti-normópatas, él vino como tantos despistados y desadaptados a encontrar literalmente asilo y reposo para sus fantasías y temores. Definitivamente frente al Estado todos somos enanos y sólo superamos nuestro inevitable complejo de inferioridad destruyéndolo. Realmente no tanto afuera sino adentro, porque el alma del Estado es antes que nada un estado del alma.
El Estado más que una masa de instituciones poderosas es una mordaza de la cual hay que liberar nuestro inconsciente.
Una vez más, El Gnomo con su trinchera a cuestas, se marchó con la satisfecha sonrisa de haber sido protagonista desde su acorazado puesto de combate. Medellín sería epicentro de la violencia y Juan Pineda Gallego danzaba desafiante a campo traviesa en un territorio minado por el miedo y el terror. Pronto las balas selectivas y asesinas con su radar de limpieza quisieron borrarlo del mapa de la rebelión. Por fortuna sus verdugos no atinaron. El Gnomo buscó refugio en Barranquilla llevando impreso en su ahora lisiado brazo derecho las marcas indelebles de la guerra. Allí en 1989, gesticuló y vociferó contra el poder a nombre del pensamiento libertario. De su pluma nacieron proyectos de reestructuración de la Facultad de Derecho de la Universidad del Atlántico y en muchos foros universitarios le puso electricidad a su voz. Quería a toda costa ser oído pero llegaría el día letal en que un “agente del gas” mató a un estudiante y él salió a la calle a gritar. Mientras silenciosamente, el ojo fotográfico de una cámara dibujaría un gran tiro al blanco sobre su espalda. El diario “El Heraldo” publicaría su inconfundible rostro en primera página. A los pocos días, el 17 de mayo de 1991, a las siete y treinta de la mañana, en clase de criminología El Gnomo vio entrar en acción otra vez a sus verdugos, a ejecutar al pie de la letra el proceso de la didáctica de la muerte desde hace siglos consagrada al poder.
Nos queda el vago recuerdo de El Gnomo y la trágica certeza, que una vez más, en este inmenso bosque de cadáveres, manos oscuras le cortaron las alas a la libertad.
Fuente: Biófilos. Prensa del Pensamiento Libertario No. 2. Noviembre de 1992-Enero 1993. Bogotá, D.C. P. 9.
Fuentes:
- 1. El memorable Gnomo Libertario - Iván Darío Álvarez Escobar
