Guillermo Serna
Fuente:
Hechos
Víctimas en estos hechos: 2 (Asesinadas: 2- Desaparecidas: )
El 21 de febrero de 1997 en Frontino, Antioquia, paramilitares de las AUC con la complicidad del capitán Juan Mauricio Prieto Espitia, adscrito al Batallón Pedro Justo Berrío del Ejército Nacional desaparecieron a GUILLERMO SERNA y a FRANKLIN VARÓN TORO, quien era sobrino y primo de María Mercedes Toro y Claudia Elena Ortiz Toro, ejecutadas y desaparecidas por los paramilitares la primera el 21 de agosto de 1996 y la segunda el 4 de septiembre de 1996. Madre e hija eran dueñas de una ladrillera en Frontino. Según la fuente el 21 de febrero de 1997: "Franklin viajó de Medellín a Frontino, acompañado de su amigo Guillermo Serna, para cancelar los servicios públicos del negocio. Cerca de Frontino fueron interceptados por un capitán del Ejército de apellido Prieto, que los trasladó hasta el Batallón Pedro Justo Berrío, del mismo pueblo. A las cuatro de la mañana del 22 de febrero, el oficial les entregó sus detenidos a los paras, consta en los testimonios recibidos por Justicia y Paz al indagar por el caso. El mismo 21 de febrero de 1997, en horas de la noche, las Auc dejaron un panfleto en la ladrillera donde le advertían a la familia que debían abandonar el pueblo. Cualquiera que regrese de la familia a Frontino lo desaparecemos, rezaba el panfleto. La familia huyó del pueblo e inició el incierto camino del destierro" (1).
Para mitigar su dolor, María Elena Toro se hizo una promesa: desentrañar ella misma una verdad que le ha llegado a medias desde el momento en que su hijo, Franklin Varón Toro, fue desaparecido por paramilitares en Frontino, el 22 de febrero de 1997.
Entusiasmada con esa idea, y como una forma de tener presente a Frank —pues empezó a pensarlo más intensamente— terminó su bachillerato el año pasado, y en este 2015, estudia Investigación Judicial en el Politécnico de Antioquia y Promotora Comunitaria y Acompañamiento Sicosocial a las Víctimas, en la Universidad San Buenaventura. “El dolor no cesa. Siempre seremos víctimas, pero hay que dignificar a los que hemos padecido el conflicto”, dice.
En su pequeña figura, de manos regordetas y pelo cano, guarda los recuerdos dolorosos en 18 años de búsqueda incesante de Franklin, y esta es la razón por la que cada miércoles, cuando la ciudad se sume en el letargo del almuerzo, María Elena Toro va al centro de Medellín. Se baja del metro, desciende las escaleras una a una como contando las gradas, y camina despacio hasta la iglesia La Candelaria. Exhibe un pendón blancuzco, desgastado con el paso del tiempo. Muestra las fotos de su hijo y de otros familiares desaparecidos también por las autodefensas. Ella acompaña a otras víctimas y les enseña el camino tortuoso del perdón, pero no del olvido, porque sostiene, como alguna vez lo hizo Manuel Mejía Vallejo, que “uno se muere cuando lo olvidan”. Ante la indiferencia de la ciudad con los desaparecidos María
Elena ya no llora. En silencio espera el regreso de su hijo. Cuando siente que el alma “se le arruga”, se aferra a su padre de 97 años y su madre de 91. Cuida de ellos, y de la mascota —un pato llamado Donald—, que les alegra esos días en los que el dolor no mengua" (2).
Fuentes:
- 1. CINEP/Programa por la Paz - Noche y Niebla 52 • Casos Julio-Diciembre 2015 (Actualizaciones 1)
- 2. VÍCTIMAS: CUANDO EL DOLOR NO LES DOBLEGÓ LA FE - EL COLOMBIANO, 9 de Abril de 2015
