VOZ La verdad del pueblo
Por Rosendo López
Noviembre 24 de 1983
El jueves 24 de noviembre del ano pasado a las 11 a.m. el cadáver de Ramiro Osorio se encontraba en la funeraria “La Capuchina”, en el centro de Bogotá. Estaba como dormido. Su rostro dentro del féretro no se diferenciaba mucho de la expresión característica cuando su cuerpo tenía vida. Lo único extraño era una excoriación en el pómulo derecho, que quedo como huella salvaje de sus criminales.
No recuerdo exactamente cuando conocí a Ramiro. El viernes 19 de noviembre, por la noche, estuvo pintando las paredes desde los puentes de la 26 hasta Colsubsidio. En las paredes del cementerio central, quedó la caligrafía de Osorio. El jamás pensó que a 6 días esas mismas paredes iban a servir para albergar su cuerpo sin vida. Las consignas que pintábamos eran: ¡Fuera Reagan de Colombia! Ese mismo día, antes de ser detenido a las 10 y media, interpretó una canción de Mercedes Sosa: “Los pueblos de America”. El domingo 21 fue soltado bajo amenazas de muerte. La última reunión Ramiro la realizo en la sede de la Juco en el barrio San Jorge. Fue una reunión breve. Le faltaban siete horas para morir. Ese mismo día en el barrio El Carmen fue herido a las 11 y 45 minutos. Caminó herido hasta una tienda donde venden cervezas (localizada en la calle 44 sur con carrera 25) y el dueño, el señor William, le prestó auxilio. Aún estaba vivo. Dos jóvenes trataron de meterlo en un taxi, cuando llegó la policía y dio orden que lo dejaran inmóvil. A las 12 y 15 minutos el cuerpo quedó quieto. A los pocos minutos la policía se llevó el cadáver a un sitio desconocido. A medicina legal llego en las horas de la mañana del 24 de noviembre.
Una noche ví a Ramiro en un sueño, estaba jugueteando con las nubes, intentaba agarrarlas, pero se le escapaban. Cuando me vio me pregunto por todos los camaradas terrenales; sorprendido le dije: Ramiro, ¿para qué sirven las nubes?… y éste me respondió: para afeitar a los muertos cuando vienen barbudos.
