PEDRO PIDE ROMPER EL SILENCIO

Pedro Mosquera, otra víctima del plan de exterminio desatado por el gobierno colombiano contra las organizaciones sociales

PRENSA RURAL
por Rosalba Ramírez
8 de octubre de 2004
http://www.prensarural.org/ramirez20041008.htm

Pedro, se llamaba Pedro.

Era un hombre joven, joven eternamente por la ternura que lo animaba.

Era un hombre lleno de vida, desbordante, él nos hablaba y nos mostraba los caminos de lo esencial.

Sus ojos estaban llenos de paisajes, de clamores, brillaban por transmitirnos la injusticia que sufre todo un pueblo, brillaban por conmovernos, por movernos al fin, para que hiciéramos algo por evitar mas muertes y sufrimiento.

Se llamaba Pedro Mosquera, era padre de un bebecito, y sabía bien lo que la vida significaba, por estar viviendo a contracorriente.

Cuando nos hablaba contándonos la realidad ocultada, cuando vibraba pidiéndonos que ésta no quedara en el silencio, sus manos eran trémulas de amor y de resistencia.

Sus manos rajaban el aire frío de la indiferencia, dibujaban los precipicios del abuso cuando contaban las masacres sin fin, cuando denunciaban la impunidad y la estrategia asesina de un Estado represivo, sus manos eran puños cuando contaban la tortura, la muerte de un hermano o la violación de una niña.

Y sus manos estaban vivas porque estaban llenas de amor, y cuando narraba las masacres sus manos acariciaban a las personas, cómo diciéndoles que no estaban solas, que su dolor no quedaría en la impunidad.

Pedro nos contó cómo en Colombia el propio Estado a través de sus militares y a través de su brazo oculto paramilitar, asesina a los que piden justicia, asesina a los que reclaman la tierra, asesina a los que le estorban a las multinacionales para explotar una zona.

Pedro nos contó las barbaridades, no por ser Pedro, sino porque era un portavoz, de los miles que nunca la gran prensa deja oír, de los miles de humanos presos de la barbarie. Y no presos de ”una barbarie sin razón”, de una ”violencia generalizada” o de ”el conflicto armado”, como quisieran hacernos creer los medios de difusión, sino presos de una estrategia estatal militar directamente dirigida contra ellos.

Millones de campesinos son el blanco de los militares y de sus grupos paramilitares, no ”porque sí”, no sin razón, sino con las razones de la codicia. Porque son asesinados por querer vivir en sus tierras, porque son asesinados siguiendo la teoría del ”enemigo interno”, enseñada por ”formadores” estadounidenses a los militares colombianos.

Pedro nos contó cómo se vive en la práctica, en lo cotidiano, esta barbarie del Estado colombiano y de las multinacionales, nos contó cómo la Occidental Petroleum hace ”proteger sus intereses”, en la riquísima zona petrolera de Arauca, limítrofe con Venezuela, formando paramilitares, y como éstos, coordinados por la Brigada 18 del ejército oficial de Colombia, perpetran las más atroces violaciones a los derechos humanos.

Con él siempre traía las denuncias de los campesinos e indígenas de Arauca, nos contaba las historias de vidas truncadas, las masacres con motosierra, y en los informes traía la voz de los sobrevivientes, que con un hilo terco de voz, nos gritan que los ayudemos a romper el silencio sobre este genocidio, a romper la desinformación y manipulación de la realidad colombiana.

Estos miles de nombres sobre papel, esta cantidad de apellidos que les corresponden a torturados, desaparecidos, presos y asesinados reclaman que los crímenes no queden en la impunidad, que su sufrimiento nos mueva, más allá de conmovernos.

Pedro contaba cómo se vive en una zona donde la riqueza petrolera es inmensa, en un país cómo Colombia. En Arauca la mortalidad infantil es enorme, no hay servicios de salud convenientes, no hay servicios de salubridad, y sin embargo las multinacionales del petróleo sacan inmensas riquezas de Arauca.

Pedro hacía parte de la ACA (Asociación Campesina de Arauca), desde muy niño había vivido la injusticia, y cómo otros campesinos habían decidido unirse para sobrevivir, para reclamar sus derechos a la tierra, a la renta del petróleo para la región, a una preservación del medio ambiente, y finalmente reclamar el derecho básico de poder seguir en vida.

Colombia es el país más peligroso para ser sindicalista, allí son asesinados nueve de cada 10 sindicalistas asesinados en este mundo, según la propia OIT, que le atribuye estos crímenes a ”los grupos paramilitares”, pero sabemos que lo que se esconde tras ”los grupos paramilitares” es el propio Estado colombiano.

El paramilitarismo es la estrategia del Estado colombiano para conseguir la impunidad absoluta, porque gracias a estos grupos de guerra sucia, el Estado comete las masacres, reprime de las más atroces maneras, pero salvaguardando su imagen.

El paramilitarismo es, pues, la estrategia de represión del propio Estado y esta estrategia se basa en la gran complicidad de los medios de difusión que propagandizan a los paramilitares como ”terceros”, como ”grupos autónomos”.

La estrategia paramilitar está teorizada y recomendada en los propios manuales del ejército colombiano, los formadores estadounidenses e israelíes que se encuentran en Colombia, lo ”enseñan” a las fuerzas militares oficiales. El propio Castaño (líder paramilitar) cuenta cómo estudió en Israel, con ”amigos oficiales del ejército” colombiano, todo acerca de las técnicas de contrainsurgencia, interrogatorios y guerra sicológica.

La doctrina contrainsurgente, hija de la CIA, contiene en sí el concepto de ”enemigo interno”, siendo éste la población civil, el campesino, el estudiante, el profesor, el sindicalista, todo aquel que pueda de una manera u otra dar el sustento social a las guerrillas alzadas en armas. Así el ejército y su para-ejército tienen como blanco a la población civil, y es así cómo desplazan a miles de personas, siguiendo las enseñanzas gringas de ”la tierra arrasada” y de las ”aldeas estratégicas”.

La guerra sicológica es perpetrada intensivamente como una estrategia planificada, consiste en infundir el terror para lograr la parálisis de las reivindicaciones sociales, y para lograr desplazamientos forzados masivos.

Porque los desplazamientos forzados masivos no son, como lo presentan los grandes medios de difusión, consecuencias de ”la violencia ambiente” (abstracta) o consecuencias de ”un desbordamiento del conflicto armado”, o desplazamientos causados porque las aldeas son ”presas en tenaza” entre las ”partes en conflicto”, sino que la realidad es más cruel y cínica aún: estas personas se desplazan después de una violencia directa y planificadamente dirigida contra ellas.

Las masacres con motosierra no son ”desbordamientos del conflicto armado”, son actos ejercidos dentro de un marco preciso de estrategia del terror, llevada a cabo por las fuerzas militares y paramilitares bajo la línea de la doctrina contrainsurgente que contempla a los campesinos como el ”enemigo interno”.

Las masacres con motosierra, así cómo los desmembramientos de niños, son cometidos delante de la comunidad que es previamente reunida y obligada a asistir a estas barbaries, porque el objetivo no es sólo el muerto, sino todos los sobrevivientes, a los cuales se les infunde el terror como ”medida disuasiva” (Reglamento de Combate oficial del ejército colombiano de 1987, en ”Tras los pasos perdidos de la guerra sucia”).

El desplazamiento forzado de poblaciones es una estrategia más del terrorismo de Estado, así como la desaparición forzada; el método empleado para lograrlo es la violencia, la barbarie; y los motivos de su práctica son político-económicos. Primero está el motivo de ”sacarle el agua al pez” (el pez es la guerrilla y el agua las poblaciones campesinas), es decir acabar con la base social de la guerrilla acabando con la vida en ciertas zonas. La segunda motivación es económica: no es una simple coincidencia que las zonas de Colombia de donde se han desplazado más poblaciones son precisamente las zonas de más alto interés económico para las multinacionales y terratenientes. Así pues las tierras que codician las multinacionales y terratenientes son vaciadas de su población.

Es el caso en Arauca, donde la población se ve claramente atacada para dejarle la ”libertad de acción” a la Occidental Petroleum y a la Repsol.

Los habitantes de la zona denuncian al peligro de sus vidas los abusos cometidos, Arauca ha sido transformada en ”zona de rehabilitación” por el gobierno colombiano, pero los habitantes denuncian la hipocresía del nombre y dicen que la realidad es más la de una zona de ”concentración y represión”.

Los habitantes viven con toque de queda, la reunión es un delito, no hay habeas corpus, los militares tienen facultades judiciales.

Todo ello se traduce en una sucesión de abusos y de aniquilación de las libertades y derechos fundamentales. La tortura es practicada cotidianamente por los militares que tienen garantía de impunidad, y las masacres más bárbaras son practicadas por el dúo militar-paramilitar, casi semanalmente; esto en medio del más absoluto silencio mediático nacional e internacional.

En Arauca opera la Brigada 18 del Ejército, que ha sido denunciada por múltiples organizaciones de defensa de los derechos humanos como una de las brigadas del Ejército más violadoras y está abiertamente develada como fomentadora de paramilitarismo.

Los Estados Unidos la apoyan constantemente a través de presupuestos y ”formadores”. La propia Ann Patterson cuando era embajadora de Estados Unidos en Colombia, declaró acerca de un presupuesto de 90 millones de dólares atribuido a la 18 Brigada, que era para ”proteger los intereses de la Occidental Petroleum en Colombia”…

Seguramente para “proteger los intereses de la Occidental Petroleum” en Colombia, fueron asesinados el 5 de agosto de este año (2004) tres sindicalistas en Arauca. Héctor Alirio Martínez, Leonel Goyeneche y Jorge Prieto fueron abatidos por un batallón del Ejército.

Y después de este fusilamiento extrajudicial, el Ejército, los medios oficiales, salieron a decir para justificar la barbarie que: “Los tres dirigentes eran delincuentes, perdieron la vida en combate. Además portaban armas y tenían órdenes de captura por el delito de rebelión” (sic el ministro de Defensa Jorge Uribe).

La Procuraduría, sin embargo, ante la magnitud de las evidencias y testimonios tuvo que concluir que los tres sindicalistas asesinados fueron fusilados por los soldados del batallón contraguerrilla y que estaban desarmados. Sin embargo, todas las declaraciones de voceros oficialistas propagandizadas ampliamente por la prensa de los monopolios tienden a criminalizar a estos tres sindicalistas.

El criminalizar a la contestación social y a las organizaciones sociales es una política del gobierno colombiano, inscrita en su política de exterminio de la oposición social y política.

Es por ello que son miles los presos políticos en Colombia, que están acusados de “rebelión y terrorismo”, que son sindicalistas, líderes campesinos, estudiantes, indígenas, comunitarios…

De la ACA se encuentran varios integrantes con ”órdenes de captura”, o encarcelados bajo los más burdos montajes judiciales, es el caso de la presidenta de esta asociación, Luz Perly Córdoba, que pertenece a la comunidad indígena y campesina y que toda su vida fue y es, desde la cárcel, una defensora de los derechos humanos. Luz Perly es cabeza de familia, madre de dos niños y al encarcelarla el gobierno colombiano pretende silenciar aún más a los campesinos e indígenas de Arauca.

Pedro Mosquera también era de la ACA, que es víctima del plan de exterminio desatado por el Estado contra las organizaciones sociales.

Lo conocimos y lo quisimos enseguida, porque sus ojos y sus manos nos dibujaron los abismos de la barbarie cuando la contaba, para hacerla cesar.

Y porque esos mismos ojos y manos supieron transmitirnos todo el amor que tiene un pueblo hacia la tierra, hacia la justicia, hacia la vida, y que por preservar ese amor, hombres y mujeres como Pedro están dispuestos a darlo todo, hasta la vida.

A Pedro lo encontraron el 7 de octubre del 2004, asesinado. Su cuerpo tenía signos de tortura bárbara. Sin duda sus asesinos y torturadores pensaron que con quitarle la vida lo silenciarían, que mutilándolo llenaban a la gente de miedo y conseguirían paralizarla.

Y tal vez la tortura dé miedo, pero el amor es más fuerte que la barbarie, y por ello habrá más Pedros, y Pedro Mosquera nunca morirá.

Porque el amor hacia la vida, la búsqueda de la justicia, son fuertes de una belleza que los Kissinger y Occidental Petroleum no pueden ni entender. Son fuertes de la belleza del río, del vuelo de las garzas, de la música llanera, o de un vallenato que nos canta libertad, y cuando otro muchacho lo baile con el amor de Pedro a su identidad, sentirá fortalecerse en él la rebeldía, le saltarán por los ojos luces de alegría, y con ellas combatirá el miedo, con ellas reclamará que todos nuestros pueblos puedan liberarse y amar en paz.

A nosotros los que escribimos esto y a los que lo lean les queda el pedido de Pedro y de todo un pueblo, de que no sólo se conmuevan, sino que se muevan para hacer cesar este genocidio silenciado.

Es urgente denunciar por fin claramente al Estado colombiano como una dictadura camuflada de democracia.