CINEP
Enviado por fdominguez el Vie, 15/09/2006
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El último mensaje de mi e-correo de ayer: mataron a Gregorio Izquierdo, integrante principal de la Junta Departamental de nuestro comité y presidente del Sindicato de las Empresas Públicas de Arauca. El último del día anterior: en el barrio Seis de Octubre de Saravena fue asesinada María Eugenia Calderón, trabajadora de la Empresa de Energía Eléctrica de Arauca. El último del día anterior: mataron a Ismael Monsalve Suárez, presidente de la junta de acción comunal del barrio Nueva Valencia y del sindicato de trabajadores de la Alcaldía Municipal de Arauca.
Esa letanía de la muerte puede seguir así, todos los días. Y no solo en Arauca, en casi todo el pais. Es de verdad escalofriante porque, como aparece al rompe, esos asesinatos llevan un propósito de control político. Y lo que aún es más aterrador, están disueltos en un baño de sangre mucho más ancho, junto a muchas otras muertes violentas, la denuncia de las cuales se consigna como “sin causa aparente”. Como si el asesinato pudiera catalogarse así.
Pero eso mismo, al hacer parte del lenguaje diario, es un síntoma de descomposición mental. Los casos citados tienen un claro objetivo político. Los “sin causa aparente” tienen, en su mayor parte, propósitos lucrativos. Unos pocos son venganzas. Por tanto, se trata de una forma de relación social, establecida en Colombia de tiempo atrás, frente a la cual el Estado en todas sus ramas, legislativa, jurídica y ejecutiva se demuestra impotente.
Y esa impotencia crónica es reveladora porque su repetición a lo largo de los años indica que es algo más que casual. Y aquí encontramos una clave de interpretación de lo que está sucediendo con el paramilitarismo.
Sin embargo eso que está sucediendo tiene una novedad. Hasta ahora, el paramilitarismo era un viejo modelo vergonzante. En estos días estamos siendo testigos de su transformación en valor nacional. Lo que nos quiere demostrar el establecimiento es que lo que llamábamos bandas de asesinos a sueldo tendrá que ser reconocido como libertadores del país. Nos encontramos ante el fenómeno de la prestidigitación legal que intenta hacernos “engullir el sapo”.
Catorce lustros me han enseñado que ese superviejo modelo es el camino errado. Y sin embargo que nadie se llame a engaño: estamos por la reconciliación no solamente por nuestras creencias, sino porque es el único sendero razonable. Pero no hay reconciliación posible sin verdad: es decir, algo de justicia y algo de reparación.
Pedir toda la justicia sería algo de nunca acabar porque las relaciones violentas son el sustrato de nuestra historia. Y este es el único título realista que requiere también el perdón. Sin embargo que no nos digan que el perdón requiere el olvido.
La grandeza del perdón nace de que se otorga sin perder la memoria. Pero el perdón tampoco se puede construir sobre la impunidad, porque esta es un terreno muy resbaloso, como lo demuestra la historia de Colombia. Y proponerlo no parece imposible si recordamos que la paz fue propuesta a las gentes de buena voluntad.
