“Siempre que se hace una historia
se habla de un viejo, de un niño o de sí,
pero mi historia es difícil:
no voy a hablarles de un hombre común.
Haré la historia de un ser de otro mundo,
de un animal de galaxia.
Es una historia que tiene que ver
con el curso de la Vía Láctea.
Es una historia enterrada.
Es sobre un ser de la nada”
Canción del elegido
Bajo la consigna “los que mueren por la vida no pueden llamarse muertos”, compañeros, amigos, hermanos y la comunidad estudiantil de las universidades Nacional, sede Medellín, y de Antioquia, conmemoraron durante los últimos días de enero y todo el mes de febrero el reciente asesinato político del investigador, educador y líder social Martín Hernández Gaviria, ocurrido el lunes 14 de enero de 2008, en el Barrio Castilla, Comuna 5 de Medellín.
Como un sinnúmero de hombres y mujeres antes que él, Martín entregó todo por su afán de justicia social, libertad e igualdad irrefrenables. Pese a las adversidades impuestas por esta sociedad excluyente que nos roba los sueños y nos encadena a una existencia miserable, prevalecieron sus ímpetus rebeldes ante las limitaciones materiales y sociales, trascendió el simple conocimiento de los problemas sociales que lo circundaban y que padecía en carne propia, y optó por contribuir con sus ideas y perseverancia en la transformación de la sociedad.
Su asesinato es un episodio redundante en un país en el que los actos terroristas del Estado cometidos contra todo aquel que pretenda contradecir, desde el pensamiento o la acción, los parámetros establecidos, es pan de todos los días. Actos que, por demás, dejan a su paso silencio y desmemoria, armas en las que se apoyan los poderosos para rehuir ante la historia sus responsabilidades por los hechos represivos, mientras al mismo tiempo usan todos los medios en su poder para confundir a las nuevas generaciones, y sumir en el descrédito y el olvido a los protagonistas de protestas y descontentos sociales.
Martín Hernández, por quien se pintaron las paredes universitarias, por quien se dibujó un rostro en el muro de los que permanecerán presentes, fue un destacado líder social de vieja data. Desde su juventud sobresalió por su participación en procesos organizativos a nivel barrial y estudiantil. Se desempeñaba como profesor del área de sistemas de un instituto técnico de la ciudad y recientemente obtuvo el título de Politólogo al graduarse de Ciencia Política en la Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín.
Como han señalado sus amigos, allegados y todos los que tuvieron la oportunidad –y el placer- de conocerlo, “fue precisamente a los sectores populares, barriales y estudiantiles a los que siempre dirigió sus esfuerzos y trabajo, guiado por su gran experiencia y amor al pueblo. En lo barrial siempre estuvo atento y comprometido con impulsar sus reivindicaciones y procesos organizativos. En lo estudiantil fue un líder destacado por su claridad, espíritu de trabajo, solidaridad, entrega y su férrea disciplina. Entre los que llegamos a conocerle, fue un referente de estudio y trabajo, un referente ético y ejemplo a seguir. Todos sabíamos de sus incontables historias, de su gran sentido del humor y de su experiencia, que reflejaban a un muchacho que a fuerza de golpes se hizo hombre”.
En los últimos años hizo parte y se destacó en la creación de la Federación Estudiantil Universitaria[1] (FEU) a nivel nacional y regional. Perteneció a la Revista Kabái, medio de difusión de los Estudiantes de la Facultad de Ciencias Humanas y Económicas de la Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín, y más recientemente ideó y participó en el proyecto de revista La Ciudad, de Medellín.
Como investigador siempre estuvo inquieto por las problemáticas sociales como el desplazamiento forzado, y a nivel urbano las referidas a la ciudad y sus transformaciones, y por el conflicto armado en lo rural y urbano y su relación con lo político, lo social y lo económico, pues entendía que el desplazamiento forzado no era simplemente una consecuencia de la confrontación armada de los diferentes actores, sino que estos actores son, además, puestos y producidos por las relaciones de capital nacional y transnacional. Así el desplazamiento forzado era entendido por Martín como parte de una Estrategia de Terrorismo de Estado en función de los intereses del capital transnacional.
Respecto a la ciudad de Medellín la entendía más como una hiperaglomeración y un espacio de confinamiento, pero profundamente fragmentada y dividida espacial, territorial, poblacional y simbólicamente. Una ciudad dividida también en tres dimensiones: centro, semiperiferia y periferia. En uno de sus textos señalaba: “Podemos darnos cuenta de cómo una ‘ciudad’ tan pequeña como Medellín pudo llegar a convertirse en la más violenta del mundo y la razón empieza allí donde termina, ‘en la masacre’. Mejor no haber sido la mejor esquina de América”. Según Martín, no podríamos entender la violencia desde una sola óptica, ella sería múltiple, violencias entonces sería su carácter. Igual su génesis, en primer lugar resultado del desplazamiento estructural generado por las dinámicas de capital y en segunda instancia por la influencia de múltiples factores como el narcotráfico, las clases políticas locales, los desplazamientos de la periferia al centro en búsqueda de opciones de subsistencia, la creación y expansión de ejércitos guerrilleros y paramilitares, y los problemas sociales y políticos propiamente urbanos generados por la falta de Estado, la militarización creciente y el incremento de la protesta cívica popular que asume cada vez más formas superiores.
Martín consideraba que “hay que crear un proyecto político serio que intervenga de forma directa sobre la comunidad y que nazca de ella, un proyecto político sin burocracia y nacido donde se viven las necesidades, un proyecto formado por personas de la esencia. Un proyecto que genere identidad cultura y rescate la esperanza de vivir de estas personas, que involucre a todas las organizaciones armadas, políticas y comunitarias, un proyecto en el que converjan todos estos ingredientes para que de una vez construyamos una sociedad que anda perdida”.
Desde esta visión fue que asumió su actividad como estudiante, docente e investigador, dirigida también a sensibilizar y movilizar a la comunidad universitaria para que asumiera un papel crítico y propositivo en la solución de estas problemáticas y en vías a la construcción de un nuevo proyecto político basado en la justicia social. Martín entendía que la solución real de problemáticas tan complejas pasaba por la construcción de un nuevo poder. Fue esta su conclusión más importante y el precio que le cobraron por ella fue la vida.
En homenaje a su memoria se realizaron múltiples actividades, acompañadas siempre por comunicados protestando por esta ausencia impuesta y gritando al viento que el corazón se arruga con la certeza de que en adelante sólo el recuerdo lo salvará de morir.
La solidaridad no se hizo esperar, a nivel nacional y local diferentes voces manifestaron su rechazo a este asesinato, y apoyaron a sus familiares y compañeros.
Una primera jornada se llevó a cabo en la Universidad de Antioquia donde se realizó un entierro simbólico lleno de flores y pancartas, y consignas alusivas a él y a su lucha se plasmaron sobre las paredes.
A continuación la Universidad Nacional de Medellín fue el escenario de la memoria. Una olla comunitaria, un concierto, la exposición y venta de la revista Kabai, la proyección de una película y un video clip que recoge algunos de los más importantes acontecimientos de su vida, y un mural para no olvidar fueron las actividades desarrolladas por sus amigos y toda la comunidad universitaria consternada por este hecho.
Finalmente las tablas para un concierto multitudinario y profundamente simbólico se pusieron en la Universidad de Antioquia. En un espacio adornado con antorchas y flores, con la lectura de poemas, la presentación del video clip, un concierto de hip hop del grupo Zona 8, y una puesta en escena del grupo de salsa Pachanga y son, recordamos el legado de Martín y de quienes lo precedieron, sus actos de valentía, sus manos levantadas contra la injusticia y el odio de quienes tienen más hacia los que tienen menos, su murmullos ahora colectivos convertidos en grito contra el terror.
Y es que si bien para todos su muerte fue causa de gran tristeza y de un inmenso dolor, estas actividades fueron de condena y rechazo al homicidio de Martín como un crimen político, y una denuncia de cómo el paramilitarismo en Medellín sigue intacto. Es mentira que este monstruo se haya desmantelado, fue en cambio legalizado, reinventado, pues como parte de una estrategia de terrorismo de Estado, no sólo busca reprimir y establecer el terror, sino también instituir un control paramilitar sobre la población y los territorios.
Estos también fueron actos de memoria y reivindicación, “de gritar y no llorar, de reír, de celebrar, de recordar y no olvidar”, “no fue una exaltación a la muerte sino un canto a la vida, un canto al ejemplo de entrega y dedicación de lo que Martín fue, es, de lo que representa aún para todas y todos nosotros”, expresó una de sus compañeras.
A pesar de la rabia y el dolor, de lo mucho que lo extrañamos y lo extrañaremos cada vez que pisemos una de sus huellas en el camino, del temblor en la voz cuando pronunciemos su nombre y lloremos la tristeza de haber perdido a un maestro, al mejor de los amigos, estas actividades rompieron con el silencio al que nos habitúa el terror.
Así, entre cantos y consignas se cerraron las jornadas en nombre de Martín y miles más que nos han quitado, pero no sin antes afirmar, ante cientos de estudiantes, compañeros, allegados y familiares que “si algo nos enseña la muerte de nuestro dirigente, compañero, amigo, hermano, es que ese sueño no lo dejaremos morir, que su recuerdo y su memoria vivirán en cada uno de nosotros que somos millones, y que su lucha es y será realidad. Sobre él hoy recae la gloria de los que mueren y viven en el pueblo, con su sonrisa y ejemplo como la llama en nuestras conciencias que iluminarán nuestro camino. Esta es la forma de recordar a nuestro compañero Martín: reivindicándolo y con él a sus sueños por construir una Nueva Colombia justa y digna para todos y todas, y que pasa inicialmente por continuar persistiendo en favor de esta vida y de la nueva, del establecimiento de una paz con justicia social donde la vida sea digna y los derechos humanos una realidad”.
[1] La FEU es una de las organizaciones que agrupa a los estudiantes universitarios, representando sus intereses y haciendo valer sus derechos. Guiada por el ideario bolivariano, las banderas de la FEU son unidad, libertad e igualdad. Tiene entre sus objetivos promover el perfeccionamiento del nivel y el rigor docente, dirigir los contenidos impartidos en los programas universitarios hacia la conciencia social y la resolución de los problemas sociales que nos aquejan, luchar contra las políticas neoliberales implementadas por el Estado colombiano y a favor de la autonomía universitaria, en fin, reevaluar el papel de la universidad en la sociedad.
