LA MUERTE DE ZIRCA SIGUE IMPUNE, DOS AÑOS DESPUÉS

Autor: Heidi Tamayo Ortiz
Derechoshumanos@elmundo.com
30 de Junio de 2014
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El viernes pasado, amigos y familiares de Zirka se reunieron en el cementerio Campos de Paz, para plasmar dibujos sobre su tumba, algo que él le pidió a su madre, tiempo antes de su muerte.

Desde muy niño, Juan Manuel Otálvaro Chaverra empezó a desarrollar su pasión por el arte. Pasaba tanto tiempo pintando, que muy pronto su pasatiempo se convirtió en un hábito marcado por la constancia y la disciplina. Poco a poco descubrió que lo que más le gustaba hacer en la vida era pintar graffitis en los muros de la ciudad. A los 16 años, vivía en Aranjuez, pero ya había marcado algunas paredes de varios lugares de la ciudad con sus creaciones y fue perfeccionando cada vez más su técnica.

Una postura crítica frente a la sociedad y el sistema marcaron cada uno de sus dibujos y poemas. Graffitis en contra de las minas antipersonal, la pobreza y la guerra eran comunes en sus trazos y murales. Logró graduarse de Diseño Gráfico y Comunicación Audiovisual y se presentó a la Universidad de Antioquia, para estudiar Artes Plásticas. Su único objetivo en la vida era ser un gran artista, grafitero, tatuador y diseñador. Su lienzo preferido eran los muros de la ciudad y muy pronto lo empezaron a conocer como Zirka, nombre con el que firmaba sus dibujos.

Cuando los sueños mueren

“Yo recuerdo que él desde muy pequeño me veía hacer mis trabajos, diseños y dibujos para la universidad y un día empezó a dibujar, hasta que llegó un momento en que a toda hora estaba rayando”, recuerda su tío Miguel Ángel Otálvaro. Cuando no dibujaba, escribía poemas o participaba en carreras de motos. Tenía muchos amigos y todos lo querían, porque era quien los impulsaba a mantener viva la pasión por el arte. “Le gustaba hacer protesta por medio de los dibujos y hacer rostros de mujeres. Pintábamos cada ocho días, con cualquier cosa que tuviéramos, aerosol, vinilos, cal”, explica uno de sus amigos.

Cuando tenía 20 años, parecía que para él había un futuro prometedor como artista y gastaba el dinero que conseguía haciendo trabajos de diseño como freelance, en la compra de latas para poder pintar y, aunque en algunas ocasiones la Policía se las quitó, eso no fue impedimento para que siguiera haciendo lo que más le gustaba. “Un día estábamos pintando un puente y llegó la Policía para quitarnos la pintura, cuando lo iban a requisar, él se negó y le pegaron”, recuerda otro de sus amigos.

El 28 de junio del 2012, su sueño de ser graffitero, diesñador y artista consagrado se escapó de sus manos. Ese día, estaba con su novia, quien vivía en la Comuna 13 y se movilizaba en su moto. En la noche, su padre lo llamó al celular y quien le contestó fue un policía, para darle la peor noticia que jamás había escuchado: su hijo era transportado a la Unidad Intermedia de San Javier, porque alguien le había disparado.

“Después lo remitieron a la Clínica León XIII y allá llegamos. Eran como las 9:00 de la noche. Estaba conectado a un artefacto de respiración artificial”, recuerda su tío. Por su lado, uno de sus mejores amigos cuenta que esa noche, “Zirka se despidió de su novia en la Comuna 13 y ella lo llamó a los 10 minutos, él contestó diciendo que unos muchachos lo habían confundido, que esperara un momentito que ya la volvía a llamar, pero cuando ella lo volvió a llamar, contestaron de la clínica”.

Un caso pintado de impunidad

El 28 de junio, Zirka fue desconectado y falleció. La versión era que, al parecer, lo habían asesinado por robarle la moto. La noticia fue devastadora para la familia y los amigos. Nadie entendía cómo a un joven estudioso, decente y que no tenía problemas con nadie, le habían quitado la posibilidad de vivir. “Se nos murió la cabeza del grupo y eso nos dolió muchísimo. Un muchacho que no le hacía daño a nadie, que era sano, no se merecía eso”, expresa un amigo.

Miguel Ángel recuerda la muerte de su sobrino como una de las peores cosas que le ha tocado vivir. Pero, al dolor por la pérdida, se sumaría uno más: la impunidad que tendría el asesinato. “Por esos días a la Fiscalía se le dio mucha información. Ellos decían que tenían móviles y sospechosos, pero nunca quisieron abrir las investigaciones correspondientes”, expresa Miguel Ángel.

Hoy, dos años después, todos quieren dos cosas: verdad y justicia. Desean saber por qué eso le pasó a Zirca y, más aún, por cuál razón la Fiscalía no ha abierto las investigaciones que muy seguramente, según las pruebas que poseen, daría con la captura de los responsables. Miguel Ángel relata que hace algunos meses, “la madre de Zirka lo estaba visitando en el cementerio, cuando recibió la amenaza de un hombre, quien le dijo que no quería volverla a ver allá”.

Al día de hoy, tan solo mencionar su nombre causa un dolor inimaginable, un dolor que va a seguir latente, hasta el día en que se haga justicia. Por eso, para su tío, lo más importante es que se avance en la investigación, porque no entienden la causa de tanta negligencia. Lo que sí es seguro es que en los corazones de sus amigos y familiares Zirca vivirá para siempre.

El riesgo de ser grafitero

En el país es usual encontrar personas, especialmente jóvenes, que se dedican al graffiti, como una forma de expresar sus opiniones y, muchas veces, su inconformidad frente a situaciones políticas, sociales y económicas con las que no están de acuerdo.

Sin embargo, esta actividad ha adquirido un tinte riesgoso, en tanto que varios grafiteros del país han sido asesinados, muchos de ellos en circunstancias poco claras. Uno de los casos más sonados fue el homicidio de Diego Felipe Becerra, ocurrido el 19 de agosto del 2011, en Bogotá. En el proceso de investigación, se llegó a la conclusión de que, presuntamente, miembros de la Fuerza Pública estaban involucrados. En otros casos, la impunidad es la reina. Para algunos expertos, estas muertes son muestra de la intolerancia que se vive en el país frente a las opiniones diferentes.