LA ESPERANZA NUNCA HA DESAPARECIDO

Operación Mariscal, 14 años después

Corporación Full Producciones de la Comuna 13
Periódico Signos desde La 13 – Una publicación de la Corporación de periodismo y medios Kinésica, Jan 20, 2015

Durante tres meses Teresa Gómez permaneció mirando por su ventana con la esperanza de ver regresar a su hijo. Todas las mañanas como si se tratara de un ritual sagrado presenciaba como la vida seguía su curso a fuera de la casa mientras adentro el tiempo se detenía bajola lógica de una angustiosa espera. La noche que todo ocurrió la ciudad estaba de fiesta, el fútbol se respiraba en las tribunas y el color rojo se dibujaba en las calles gracias al primer triunfo de Independiente Medellín ante el Deportivo Pasto en la final del fútbol profesional colombiano. Sin embargo los canticos y sonrisas fueron contrastados por la angustia de la familia Mejía Gómez.

El 18 de diciembre de 2002, Ermey Mejía Gómez llegó de estudiar de la Institución Compuestudio donde aprendía Mantenimiento de Computadores, le cambió el sonido a las luces navideñas como era su costumbre y se puso a hacer correas, trabajo que realizaba para un tío, su meta era terminar 50 correas esa noche para comprarle el primer vestido a su bebé que estaba pronto a nacer.

“Recuerdo bien que ese día mi niño vestía una sudadera de un azul oscuro y un buzo negro con capota, él estaba ubicado en la sala de la casa contando historias y haciendo sus correas,cuando iba a terminar la número 48, alguien tocó la puerta y a mí me dio algo… ” Cuenta doña Teresa Gómez. Era el mejor amigo de Ermey pidiéndole que lo acompañara urgentemente porque unas personas lo necesitaban, las piernas a Teresa Gómez le temblaron como presagio de que algo malo podría pasar. ”No vaya por allá, ¿para qué?”, dijo ella, él se quitó el buzo, se puso una camiseta y se fue escalas arriba, no sin antes decirle: “tranquila mami que el que nada debe, nada teme”. El reloj marcaba las 8:00 en punto de la noche sobre la Comuna Trece de Medellín y doña Teresa Gómez no dejaba por un segundo de caminar las tres habitaciones y la pequeña sala de su casa en un intento de exorcizar el miedo que la invadía y que horas después nunca más la abandonó. “Pasaron las horas, 10, 11, 12 de la noche y nada que llegaba, algo dentro de mí sabía que no era normal, porque él era un joven que nunca se quedaba por fuera de la casa tanto tiempo, entonces no me aguanté más y llamé a mi esposo y le dije que el niño no llegaba, desde ese momento la tranquilidad de la familia se destruyó”. Cuenta Teresa Gómez.

Al siguiente día de haberse ido Ermey, el jueves 19 de diciembre, doña Teresa salió en la mañana con su hija y sus hermanos a buscarlo por toda la Comuna, miraba para todos los lados esperando encontrarlo, pero nada, descartaba que estuviera muerto y solo pensaba que quienes lo mandaron a llamar, se lo hubieran llevado para algún lado a utilizarlo en el arreglo de computadores, sin embargo Ermey no era el único joven que por esos días era citado y posteriormente desaparecido de un momento a otro a manos de la fuerza pública o de los paramilitares.

“Recuerdo que el viernes 20 de diciembre la gente decía que mi hijo lo habían visto en el barrio la Loma, yo me negaba a creer que estuviera allá, porque si así fuera él haría hasta lo imposible para comunicarse con nosotros, pero no lo hizo, entonces mi esposo y yo nos fuimos para Medicina Legal a organizar los papeles por si encontraban a mi niño, yo estaba destrozada y no quería saber nada de la Fuerza Pública, era casi medio día cuando por un puente cercano a donde estábamos 4 policías nos detuvieron y le quitaron la cédula a mi esposo, yo les dije que porque lo hacían al ver que el procedimiento estaba demorando más de la cuenta, entonces ellos se burlaban aun después de que yo les dijera la situación por la que estábamos pasando, lo mismo sucedía en la Comuna Trece que estaba minada de Ejército y Fiscalía, yo me les acercaba y les preguntaba por el paradero de mi hijo y ellos no respondían, por eso yo no creo en el Estado, porque como es posible que maten y desaparezcan a las personas mientras las Fuerzas Militares se hacen los que no saben…”

Dice doña Teresa…”Dos meses antes, el 16 de octubre de 2002 a las 2 de la madrugada fue cortado el servicio de electricidad en los barrios: El 20 de Julio, Las Independencias, El Salado, Nuevos Conquistadores, El Corazón, Belencito y Peñitas, para dar inicio a la incursión bélica en la Comuna Trece en la denominada Operación Orión por parte del Gobierno Nacional y de fuerzas paramilitares, con el objetivo de desmantelar y capturar a los integrantes de las milicias armadas que por aquel momento hacían presencia en el sector. Durante 3 días seguidos, 16, 17 y 18 de octubre los habitantes del centro occidente de Medellín presenciaron el avance de escuadrones armados que por aire y tierra ejercieron control sobre el 80% de los 19 barrios que componen la Comuna; dejando como resultado, según cifras oficiales: cuatro militares, seis civiles y seis rebeldes por lo menos muertos en combates, aproximadamente 200 heridos y más de 70 desaparecidos a manos de paramilitares y por ejecuciones extrajudiciales que posteriormente, muchos de estos casos, serian presentados en los medios de comunicación como producto de “balas pérdidas” y luego desmentido por cabecillas de grupos al margen de la ley quienes confesaron algunos de los sitios donde se cometían asesinatos y desapariciones forzadas, lugares como la escombrera que hacía las veces de fosa común y donde se encuentra enterrado Ermey Mejía Gómez según declaraciones de su victimario ante la Fiscalía en el año 2006.

Ermey tenía 22 años, tez blanca, ojos claros, mediana altura y una pasión inagotable por la familia, los computadores y el Atlético Nacional. Su esposa Alexandra que en aquel momento tenía 4 meses de embarazo recuerda que ella era hincha ferviente del Independiente Medellín, entonces Ermey un día antes de desaparecer le dijo molestando: “amor yo no quedo contento hasta ver perder al Medellín” después de ese momento la pasión que sentía por el equipo paisa se convirtió en rabia… Una de las cualidades que más se recuerda de Ermey es su espíritu de niño que lo hacía interactuar con los más pequeños. Actitud que desarrolló cuando su mamá cuidaba algunos niños del barrio y que según doña Teresa Gómez conservó hasta el último día de su desaparición. Era el mayor de los hermanos y el tercer integrante de una familia de cinco: Juan el padre, hombre trabajador y de mirada profunda, Teresa la madre, vigilante y protectora, Malory la niña, amante de los animales y de las historias y Juancito el último de los tres hermanos, destacado por su excelencia como estudiante.

En la casa Mejía Gómez sagradamente se celebraba la navidad, se ponía alumbrados, se hacía natilla y el 24 de diciembre se abría los regalos del Niño Dios conmemorando las fiestas; pero desde el 18 de diciembre eso cambió. Llena de rabia y de dolor doña Teresa decidió quitar para siempre alumbrados, árbol de navidad, comidas especiales y todo lo que significaran las fiestas: “porque después de que me quitaran a mi niño cosas como esas no tenían sentido”.

La vida de doña Teresa Gómez se convirtió en una tortura, todos los días esperaba una llamada que le devolviera la tranquilidad, pero nunca llegó, tuvo que esperar hasta el año 2006 para que el perpetrador que mató y enterró a Ermey en la escombrera dijera la verdad. “Y ni si quiera así el Estado ha querido devolvérmelo para mi tranquilidad y la de mi familia”.

Teresa Gómez conoció a las Madres Caminando Por la Verdad de la Comuna Trece cuando su vida había perdido todo sentido, la ventana de su casa era el único lugar que habitaba, la depresión le causó diversos problemas de salud que la llevaron a perder en 3 meses 22 kilos de peso. La casa era su única salida, no concebía salir o interactuar con las demás personas y solo se alimentaba eventualmente con líquidos. Su refugio era la oración y los objetos que pertenecieron a su hijo Ermey. Cada mañana como si se tratara de un ritual sagrado recorría la habitación de su hijo y la medía minuciosamente con la mirada, luego acariciaba su ropa y enumeraba sus prendas organizándolas de manera especial como si fuesen hacer utilizadas para un evento cercano. La sala de la casa que solo contenía un reloj que diariamente recordaba una mala hora fue convertida por doña Teresa Gómez en una galería fotográfica donde se narraba la historia de su hijo. Sus primeros pasos, la foto escolar, la ceremonia de primera comunión, la reunión familiar, el diciembre y su presencia, la foto casual un día cualquiera, la transición de niño a hombre, entre muchas otras imágenes que hablaban desde el mutismo.

Transformando así una pequeña casa en una gigantesca historia que se niega, como los mejores museos, a borrar un solo recuerdo de quien por motivos inconclusos una noche fue llamado y luego desaparecido. Tuvo que pasar 3 meses desde la desaparición de Ermey para que doña Teresa Gómez cruzara la puerta que la separaba del mundo externo, 8 años para que la habitación de su hijo dejara de tener nombre propio y se convirtiera en el lugar de descanso de su hermano menor y 11 años para que la galería que habitaba la sala lo siguiera haciendo pero en dimensionas más simbólicas y menos numéricas. “Me da mucha tristeza saber que mientras todo ocurría en esta Comuna, el resto de la ciudad estaba concentrada en otras cosas que supuestamente eran más importantes, como un partido de fútbol, mientras que mi hijo era desaparecido y asesinado frente a todas las narices…” Ermey acabo de cumplir 12 años de su desaparición forzada y aunque se conoce el lugar exacto donde se encuentra enterrado, el Gobierno Nacional no ha respetado el derecho que como madre tiene doña Teresa Gómez de poderle dar sagrada sepultura, para así no pasar un diciembre más con ese sentimiento de angustia y dolor que no ha desaparecido.

“Mi niño está siempre presente conmigo, nunca me deja sola”.