JOSUE GIRALDO CARDONA – Presidente del Comité Cívico de Derechos Humanos del Meta

El 13 de octubre de 1996, frente a su casa en Villavicencio y en presencia de sus dos hijas menores y de un abogado norteamericano que lo acompañaba, fue asesinado Josué.

CINEP Y JUSTICIA Y PAZ
Noche y Niebla N°2

Había nacido en Pensilvania, Caldas, el 27 de agosto de 1959. Terminó sus estudios de derecho en la Universidad Autónoma de Bogotá en 1985. En 1986 volvió a Pensilvania donde comenzó a trabajar como abogado. El 13 de mayo de 1987 fue víctima de un primer atentado contra su vida que lo dejó al borde de la muerte. Desde comienzos de 1988 se radicó en Villavicencio donde desempeñó diferentes cargos públicos, los que compaginó con su militancia política en la Unión Patriótica y con su práctica profesional como abogado en defensa de los derechos humanos fundamentales.

Su vida se fue sumergiendo desde entonces en un compromiso vital con la región del Llano, en cuya efervescente realidad se vivían las atrocidades de la guerra. La insurgencia armada, el paramilitarismo y el terrorismo de Estado fueron destruyendo e inundando de sangre esa parcela de Colombia que le había robado el corazón. En las entrañas del conflicto buscó comprometerse siempre con soluciones políticas civilizadas, las que formuló a través de la Unión Patriótica como programas y estrategias de participación democrática, donde los sectores históricamente marginados tuvieran una palabra respetable. Tal compromiso lo llevó a vivir desde adentro el Genocidio planificado contra la U.P. y a ser testigo de excepción de innumerables episodios que algún día la historia resaltará con horror. Desde esta experiencia convocó, entonces, él la conformación del COMITÉ CIVICO POR LOS DERECHOS HUMANOS DEL META, cuya presidencia ejerció hasta su muerte, sin abandonar ese servicio que llegó a ser progresivamente solitario, en la medida en que los demás miembros del Comité iban cayendo asesinados, huían de la región ante amenazas contundentes o se rendían ante los asedios del terror.

Muy poco tiempo después de llegar al Llano, Josué fue comprendiendo que no podía comprometerse a fondo con esa dramática realidad sino comprometiendo su vida misma. Fue una decisión progresiva pero que llegó a ser profundamente madura, consciente e irreversible. Quienes lo conocimos a fondo fuimos testigos del proceso de esa opción que llegó a ser inconmovible.

Su muerte fue el final de un proceso que permitió calibrar en cámara lenta el compromiso del Estado con las fuerzas de muerte que han destruido al Llano y a Colombia; con la dinámica implacable del Genocidio contra la U.P.; con un lenguaje falaz que encubre una política de desconocimiento de los derechos humanos fundamentales. Su muerte fue infinidad de veces anunciada y previamente denunciada ante todas las instancias del Estado y de la Comunidad Internacional y, en esa medida, permitió calibrar la vacuidad e ineficiencia de los mecanismos de protección existentes. En esa larga duración del ”iter criminis”, Josué tuvo tiempo de declarar repetidas veces en fiscalías, procuradurías, personerías y consejerías, sobre los movimientos y las identidades de sus asesinos, quienes mantuvieron levantada la mano armada contra su humanidad durante varios años, en forma por demás visible y comprobable, sin que las instancias de ”justicia” del Estado produjeran la más mínima medida en su defensa. En varias ocasiones salió del país, presionado por organizaciones no gubernamentales que no querían verlo morir, pero, como él mismo lo dijo en Ginebra en marzo de 1996: ” he aceptado salir en cuatro ocasiones en momentos difíciles … porque sentía la muerte cerca. Por estas salidas es que aún estoy vivo. Cada vez prolongo un poco más el tiempo en el que me han de matar”.

Josué ofreció una tozuda resistencia al Estado que quería destruirlo y resistió a plena conciencia del precio que se le exigía. Estas palabras pronunciadas en Ginebra, Suiza, cuando solo faltaban 200 días para su asesinato, dejan al descubierto los valores que estructuraban su vida:
”El hecho de ser obligado a dejar las cosas que has construido; los espacios de lucha que te enriquecen en tu condición de ser humano, y dejarlo todo por las amenazas o la inminencia de la muerte, es enajenarle tu libertad a los verdugos; es endosarle al criminal la condición de un dios que puede decidir sobre tu vida-o tu muerte. No lo acepto. Ceder me parece más terrible que la muerte misma”.