Testimonio de docente sindicalizado, amigo del desaparecido y asesinado Jesús María Barreneche.
TIRÁNDOLE LIBROS A LAS BALAS
Memoria de la violencia antisindical contra los educadores de Adida, 1978-2008
Investigación realizada por la Escuela Nacional Sindical (ENS) y la Asociación de Institutores de Antioquia (ADIDA)
Medellín, 2011
En 1979, cuando yo llegué a Barranquillita como director de la concentración, Jesús María Barreneche era el director encargado. Desde ese año, hasta febrero de 1996, trabajé con él, casi 19 años. Jesús María era de Betania. Trabajó en Camparrusia, en Mulatos, en una vereda que se llama La Pulga, de donde lo trasladaron para Barranquillita. Ahí terminó su vida, le faltaba un año para jubilarse. Él hablaba de una hija que tenía, que trabajaba para esa hija y para su mamá.
Barreneche era un líder comunitario, se sacaba la comida de la boca para dársela a otra persona. Si tenía forma de colaborarle a alguien para un mercado, alguna cosa, lo hacía… Trabajamos siempre con un objetivo del bienestar de la comunidad, ese era el planteamiento número uno, inclusive en muchas ocasiones hicimos parte de las juntas de acción comunal, ocupando algunos puestos. Uno de los propósitos más grandes era el traslado de Barranquillita a un terreno de Comfamiliar Camacol, donde estuvo el campamento de la compañía de Arinco cuando abrió el tapón del Darién hasta la loma de Las Aisladas. Nosotros gestionamos para que la Alcaldía le comprara ese terreno a Camacol, para hacer la reubicación. Y se logró, se hicieron los trabajos con la mano de obra de la comunidad, que era manejada directamente por nosotros los docentes con el apoyo de la comunidad; que hay que arreglar la vía porque hay mucho hueco para entrar, hacíamos convite y la comunidad nos respondía. La comunidad perdió un líder, para mí irremplazable, no hay con qué reemplazarle.
En la parte deportiva iniciamos unos campeonatos interveredales donde llegamos a tener 25 equipos en un campeonato, de las diferentes veredas, Chigorodó y Turbo inclusive. Eso era como una especie de Mundial, como no había ninguna cosa de diversión ni de entretenimiento para los fines de semana, era como un relajo estar jugando con ellos allá, conociendo la gente de las comunidades.
En lo educativo teníamos hasta noveno grado. Después se organizó la concentración y ya teníamos aprobado para montar diez y once. Allí recogíamos los alumnos de Guapá, Nuevo Oriente y Blanquicé, era como un centro, la sede de núcleo, donde se reunían todas las veredas. Cuando en Adida se programaba alguna marcha o actividad, la papelería con la información nos llegaba a nosotros acá, y para llevárselas a los profesores a las veredas recurríamos a todo tipo de estrategias. ¿Sabe qué teníamos qué hacer nosotros? Como en la vía a Amapolita había una base militar y otra en El Tigre, teníamos que irnos por el monte, porque si pasábamos por ahí con la papelería nos detenían por ser sindicalistas, o por ser activadores de marchas. Eso hacíamos nosotros, con el objetivo de llevar la información.
Resulta que nosotros en las andanzas que hacíamos, en las bebetas, una vez me dijo Jesús María: hermano, si yo tengo algún problema no me vas a dejar por aquí. Llamas a mi mamá o alguna cosa, y ves qué haces con mi cuerpo si es que me dejan por acá, porque uno no está exento de nada de esas cosas. Yo le dije: listo hermano y si a mí me toca usted hace lo mismo. Teníamos ese compromiso.
Hasta que se nos fue, en 1996. El 2 de febrero, como a las ocho y media de la noche se lo llevaron unos tipos que vestían prendas camufladas del ejército. El ejército entró tipo una y media de la tarde, requisaron en el pueblo y siguieron. Por la noche entraron ellos. Yo vivía diagonal a la casa de Jesús María, y por eso lo presencié todo por una rendija de una puerta, inclusive sentía gete deambulando por debajo de la casa porque era de tambo, todas las casas eran de Tambo. Yo escuchaba cuando lo pateaban, lo trataban de guerrillero, de una cosa y la otra… Fue una muerte atroz. Lo picaron todo, la cabeza, los brazos, los pies, le rajaron el tórax y el abdomen, le sacaron las vísceras, el pene se lo cortaron, y luego lo enterraron por ahí en un metro por un metro. Fue una cuestión atroz… Esa misma semana nosotros le habíamos dicho: por qué no te vas, porque ya había rumores de que venía esa gente. Vos por qué no te vas para Medellín, te haces tú tratamiento, mientras que pasa esta avalancha, le dijimos. Yo me voy ahora, la semana entrante me voy. Y así fue, el sábado se lo llevaron del todo.
La concentración, que fue algo que nosotros luchamos mucho, y que tenía una infraestructura muy buena para crecer, prácticamente se cayó. Yo voy por allá de vez en cuando, pero le duele a uno un sacrificio que quedó en vano, quedó a la deriva porque la otra gente, tal vez también por miedo, se fue.
