ES INCREÍBLE QUE MATARAN A LOS NIÑOS

Un disparo de fusil que le destrozó el abdomen, le impidió a Yiseth Adriana Tascón Olarte, de 11 años, llamar al colegio para decir que no podía asistir por la balacera que había afuera de su casa. Su cuerpo quedó tendido en una de las interminables escaleras que suben por la montaña en el barrio Las Independencias III, al occidente de Medellín.

El Tiempo
Por: CARLOS SALGADO R.
23 de mayo 2002
http://www.eltiempo.com/archivo/documento/MAM-1321469

Un disparo de fusil que le destrozó el abdomen, le impidió a Yiseth Adriana Tascón Olarte, de 11 años, llamar al colegio para decir que no podía asistir por la balacera que había afuera de su casa. Su cuerpo quedó tendido en una de las interminables escaleras que suben por la montaña en el barrio Las Independencias III, al occidente de Medellín.

Yiseth no iba a ir el martes pasado al colegio porque desde las 2:00 de la mañana los milicianos de las Farc que operan en el sector, se enfrentaron con la Fuerza Pública en un operativo que dejó 9 civiles muertos, entre ellos cuatro niños, y 37 heridos.

Tenía que llevar unos trabajos y hacer una presentación, por eso estaba preocupada y aprovechó que hubo un rato de calma para salir. Yo la acompañé y detrás de mí se fueron mi hija y una sobrina, Lady Dulay Zapata, de 11 años. La bala que traspasó a Yiseth se le quedó a Lady en el hombro , cuenta Edilma Palacio, sentada afuera de la vivienda donde velaba ayer a su hija.

La niña cursaba sexto grado en el Liceo Barrio La Independencia, ubicado en una pequeña explanada al pie de la montaña sembrada de casas de ladrillo y tejas de zinc. Según su madre, le encantaban las matemáticas y no salía mucho a la calle.

Era porrista del equipo de fútbol y le gustaba bastante hacer deporte , afirma con voz trémula uno de los profesores del liceo. En la misma institución cursaba décimo grado otra de las víctimas fatales, John Wilmar Ayala Múnera, de 16 años.

De acuerdo con las versiones de los habitantes del barrio, John estaba ayudando a un amigo herido cuando recibió un disparo. No lo pudimos recoger sino hasta después de una hora, cuando la Policía dejó de disparar. Lo tuvimos que llevar hasta el centro de salud entre todas las mujeres, porque a los hombres que bajaban les pegaban o los arrestaban , narra una prima.

John cuidaba de un hermano de 14 años, Didier Arley, que padecía trastornos depresivos. Hace menos de un mes faltó tres días al colegio y cuando regresó le explicó al profesor Gonzalo Rocha que a Didier lo bajaron de un bus los paramilitares y le propinaron 14 tiros de fusil.

John era monitor de lengua castellana. Respetuoso, voluntarioso, muy motivado para el estudio. Nadie le conoció una actitud agresiva , dice otro profesor, mientras recorre el edificio de dos plantas del liceo, desde donde se ven los quioscos de gaseosas donde se escudó el martes la Fuerza Pública para disparar hacia las casas que hay al otro lado. La escuela estuvo durante 8 horas en medio de la guerra.

Las columnas, las ventanas, los muros y los salones de la edificación registran la crudeza de las balaceras. La puerta del restaurante escolar tiene un orificio de bala. De pie, a un lado, una de las cocineras llora sin consuelo. Perdió a algún familiar? -le preguntan. – No, no, es que me parece increíble que nos hayan matado los niños