EL OLVIDO QUE SEREMOS

Héctor Abad Faciolince
Planeta
Bogotá

Han pasado casi veinte años desde que lo mataron, y durante estos veinte años, cada mes, cada semana, yo he sentido que tenía el deber ineludible, no digo de vengar su muerte, pero sí, al menos, de contarla[…]. Es posible que todo esto no sirva de nada; ninguna palabra podrá resucitarlo, la historia de su vida y de su muerte no le dará nuevo aliento a sus huesos, no va a recuperar sus carcajadas, ni su inmenso valor, ni el habla convincente y vigorosa, pero de todas formas yo necesito contarla. Sus asesinos siguen libres, cada día son más y más poderosos, y mis manos no pueden combatirlos. Solamente mis dedos, hundiendo una tecla tras otra, pueden decir la verdad y declarar la injusticia. Uso su misma arma: las palabras. ¿Para qué? Para nada; o para lo más simple y esencial: para que se sepa. Para alargar su recuerdo un poco más, antes de que llegue el olvido definitivo.

———–

Guardé en secreto, durante muchos años, esa camisa ensangrentada, con unos grumos que se ennegrecieron y tostaron con el tiempo. No sé por qué la guardaba. Era como si yo la quisiera tener ahí como un aguijón que no me permitiera olvidar cada vez que mi conciencia se adormecía, como un acicate para la memoria, como una promesa de que tenía que vengar su muerte. Al escribir este libro la quemé también pues entendí que la única venganza, el único recuerdo, y también la única posibilidad de olvido y de perdón, consistían en contar lo que pasó, y nada más.

Ese mismo martes 25, por la mañana, asesinaron al presidente del gremio de maestros de Antioquia, Luis Felipe Vélez, en la puerta de la sede del sindicato. Mi papá estaba indignado. Muchos años después, en un libro publicado en 2001, Carlos Castaño, el cabecilla de los paramilitares durante más de diez años, confesará cómo el grupo liderado por él en Medellín, con asesoría de inteligencia del Ejército, asesinó, entre muchas otras víctimas, tanto al senador Pedro Luis Valencia, delante de sus hijos pequeños, como al presidente del sindicato de maestros, Luis Felipe Vélez. A ambos los acusaba de ser secuestradores.

Al mediodía de ese martes, cuenta mi mamá, volviendo juntos de la oficina, mi papá quiso oír las noticias sobre el crimen de Luis Felipe Vélez, pero en todas las emisoras de radio no hablaban de otra cosa que de fútbol. Para mi papá el exceso de noticias deportivas era el nuevo opio del pueblo, lo que lo mantenía adormecido, sin nociones de lo que de verdad ocurría en la realidad, y así lo había escrito varias veces. Estando con mi mamá, le dio un puñetazo al volante y comentó con rabia: «La ciudad se desbarata, pero aquí no hablan sino de fútbol». Dice mi mamá que ese día estaba alterado, con una mezcla de rabia y tristeza, casi en el borde de la desesperanza.

…En esas estábamos cuando llegó su discípulo más querido, Leonardo Betancur, en una moto. Mi papá lo saludó efusivamente, lo hizo que subiera a la oficina a firmar el último comunicado del Comité de Derechos Humanos (el que habían redactado la noche anterior y ya habían sacado en limpio), y lo invitó a acompañado un momento al velorio del maestro asesinado, a tres cuadras de allí, en la sede del sindicato. Se fueron a pie, conversando, y mi mamá y yo entramos a la oficina, yo a preparar una junta del Edificio Colseguros, que sería a las seis, y ella a sus propios trabajos. Serían más o menos las cinco y cuarto de la tarde.

Lo que pasó después yo no lo vi, pero lo puedo reconstruir por lo que me contaron algunos testigos, o por lo que leí en el expediente 319 del Juzgado Primero de Instrucción Criminal Ambulante, por el delito de Homicidio y lesiones personales, abierto el 26 de agosto de 1987, y archivado pocos años después, sin sindicados ni detenidos, sin claridad alguna, sin ningún resultado.

Esta investigación, leída ahora, casi veinte años después, más parece un ejercicio de encubrimiento y de intento cómplice para favorecer la impunidad, que una investigación seria. Con decir que a un mes de abierto el caso le dieron vacaciones a la jueza encargada, y que pusieron funcionarios venidos de Bogotá a vigilar de cerca la investigación, es decir, a evitar que se investigara seriamente.

Mi papá, Leonardo y la señora caminaron por la carrera Chile hasta la calle Argentina y ahí doblaron hacia arriba, a la izquierda, por la acera del costado norte. Llegaron a la esquina de El Palo y la atravesaron. Siguieron subiendo hacia Girardot. Pasaron Girardot y en la esquina siguiente tocaron a la puerta de Adida (Asociación de Institutores de Antioquia), el sindicato de maestros. Les abrieron y se formó un pequeño corrillo en la puerta pues otros maestros estaban llegando también en ese momento, a informarse. Hacía más de dos horas que se habían llevado el cuerpo de Luis Felipe Vélez para una capilla ardiente y una manifestación de protesta que se le haría en el Coliseo. Mi papá buscó, extrañado, la cara de la señora que lo había acompañado hasta allí, pero ya no la vio a su lado; había desaparecido.

Dice uno de los testigos que una moto con dos jóvenes subió por la calle Argentina, primero despacio, y después muy rápido. Los tipos estaban recién peluqueados, dijo alguien más, con el pelo al rape típico de la milicia y de algunos sicarios. Pararon la moto al frente del sindicato, la dejaron encendida al lado de la acera, y los dos se acercaron al pequeño grupo frente a la puerta, al mismo tiempo que sacaban las armas de la pretina de los pantalones. ¿Alcanzó a verlos mi papá, supo que lo iban a matar en ese instante? Durante casi veinte años he tratado de ser él ahí, frente a la muerte, en ese momento. Me imagino a mis 65 años, vestido de saco y corbata, preguntando en la puerta de un sindicato por el velorio del líder asesinado esa mañana. Habrá preguntado por el crimen de pocas horas antes, y acaban de contarle el detalle de que a Luis Felipe Vélez lo habían matado ahí, en ese mismo sitio donde él está parado. Mi papá mira hacia el suelo, a sus pies, como si quisiera ver la sangre del maestro asesinado. No ve rastros de nada, pero oye unos pasos apresurados que se acercan, y una respiración atropellada que parece resoplar contra su cuello. Levanta la vista y ve la cara malévola del asesino, ve los fogonazos que salen del cañón de la pistola, oye al mismo tiempo los tiros y siente que un golpe en el pecho lo derriba. Cae de espaldas, sus anteojos saltan y se quiebran, y desde el suelo, mientras piensa por último, estoy seguro, en todos los que ama, con el costado transido de dolor, alcanza a ver confusamente la boca del revólver que escupe fuego otra vez y lo remata con varios tiros en la cabeza, en el cuello, y de nuevo en el pecho. Seis tiros, lo cual quiere decir que le vaciaron el cargador de uno de los sicarios. Mientras tanto el otro matón persigue a Leonardo Betancur hasta dentro de la casa del sindicato y allí lo mata. Mi papá no ve morir a su querido discípulo; en realidad, ya no ve nada, ya no recuerda nada; sangra, y en muy pocos instantes su corazón se detiene y su mente se apaga.

En ese momento no puedo llorar. Siento una tristeza seca, sin lágrimas. Una tristeza completa, pero anonadada, incrédula. Ahora que lo escribo soy capaz de llorar, pero en ese momento me invadía una sensación de estupor. Un asombro casi sereno ante el tamaño de la maldad, una rabia sin rabia, un llanto sin lágrimas, un dolor interior que no parece conmovido sino paralizado, una quieta inquietud. Trato de pensar, trato de entender. Contra los asesinos, me lo prometo, toda mi vida, voy a mantener la calma.

Estoy a punto de derrumbarme, pero no me voy a dejar derrumbar. ¡Hijueputas!, grito, es lo único que grito, ¡hijueputas!

Y todavía por dentro, todos los días, les grito lo mismo, lo que son, lo que fueron, lo que siguen siendo si están vivos: ¡Hijueputas!