Decenas de personas cayeron a manos de los paramilitares en zonas de San Jacinto y El Carmen, acusadas de ser guerrilleros. Muchas comunidades fueron desplazadas.
ANÍBAL THERÁN TOM
EL UNIVERSAL
Sáb, 07/04/2009
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En El Carmen, el caso más emblemático tiene que ver con la masacre de El Salado, del 16 al 19 de febrero de 2000, donde según las autoridades fueron masacradas más de 100 personas, cuyas cabezas fueron usadas como balones de fútbol por los paramilitares.
Según la Fiscalía, que ha obtenido declaraciones de Uber Enrique Banquéz, comandante del Bloque “Héroes de los Montes de María” y de los jefes Salvatore Mancuso y “Jorge 40”, quienes fueron extraditados a los Estados Unidos, donde purgan condenas, más de 300 paramilitares participaron en la masacre. Según testigos, los paramilitares desmembraban y torturaban a los pobladores con motosierras, destornilladores, piedras y maderos, mientras bebían licor saqueado de las tiendas, violaban mujeres, ahorcaban jóvenes y apaleaban ancianos. Mientras, escuchaban música.
Rafael Urueta, quien presenció la masacre, asegura que el 18 de febrero del 2000 no escuchó cantar los gallos en El Salado. Hasta la respiración se le cortó y malos presentimientos le invadieron su cabeza, hasta después de las 5:30 de la mañana.
Una hora y diez minutos después vio llegar como a 200 hombres armados, con brazaletes de las Autodefensas Unidas de Colombia, cuya visita había sido anunciada a finales de 1999 cuando un helicóptero regó panfletos donde anunciaban la masacre a los guerrilleros de El Salado.
La voz se le apaga cuando trata de contar los recuerdos. Cuenta que los paramilitares se metían a las casas y sacaban a la gente, obligándola a ir a la plaza. A las mujeres las cogían por el pelo, y a los hombres los empujaban, les pegaban culatazos con sus enormes ametralladoras. Todos iban asustados, callados. Pero en cambio ellos, cuenta Rafael Urueta, descargaban un arsenal de improperios y palabrotas contra los “borregos” que llevaban al matadero.
“A las 8 de la mañana la confusión se apoderó del pueblo, de las mentes de todo el mundo, hasta de los paras, porque hablaban incoherencias y comenzaron a torturar y matar a todos los cautivos. Yo salí de mi casa, como todo el mundo, obligado a ver la orgía de sangre. Al llegar ví a mi hermano, Víctor Urueta, un joven de 27 años en ese entonces, con los ojos desorbitados, la cabeza gacha y las manos amarradas atrás, pero impávido. Un paramilitar de rango alto, con gafas oscuras, le gritaba: Confiesa ¡guerrillero! Pero el no contestaba. Entonces le clavaban un cuchillo en el pecho y la sangre le salía a borbotones. Una hora después, le dieron un tiro de gracia. Yo me quedé allí viendo cómo habían matado parte de mí, pues al morir mis padres, me llevé a Víctico para mi casa y lo terminé de criar”.
“Esa gente aquí hizo hasta para vender. Recuerdo que a un señor entrado en los sesenta años lo desnudaron y le pegaron dos machetazos en el pecho en forma de X y lo dejaron morir desangrado, mientras los paramilitares ponían música y tomaban trago. Cuando el señor murió, le pusieron una botella de ron al lado y más música”.
“Nosotros fuimos obligados a presenciar en primera fila la forma como violaban a nuestras mujeres y mataban a nuestros hijos y parientes durante tres días. Nunca permitieron que los enterráramos, por lo que cuando partieron la fetidez se sentía por todas partes. Sin embargo, yo fui uno de los que dijo: a mi hermano no se lo va a comer el golero ni los puercos, como estaba ocurriendo con otros cadáveres.
“Sin embargo, al rato de haberse ido los paras, los militares llegaron y comenzaron a acordonar el sitio de la masacre y no permitían que tocáramos los cadáveres. Pero ya había cavado un hueco grande para enterrar a mi hermanito. Entonces, le pedí permiso a un militar, que estaba como ido al ver tanta muerte; y como no me dijo nada, con la ayuda de otro señor cargué a mi hermano y lo enterré. La demás gente hizo lo mismo con los otros muertos.
“En total enterramos 31 personas que habían asesinado los paramilitares, cerca de la plaza, donde hace casi tres años erigieron un monumento en honor a las víctimas”.
Este hombre asegura que en el año 2000, nadie dormía bien en los Montes de María.
Por otro lado, algunos habitantes de El Carmen reconocen que los paras andaban “como Pedro por su casa” por las calles de la población.
También masacraron a varias personas, según informaciones de las autoridades, en Capaca, Tierra Grata, La Mesa, La Cansona, Macayepos y muchos otros corregimientos y veredas. Todas estas masacres fueron cometidas contra la población civil por considerarlos auxiliadores de la guerrilla.
San Jacinto
CUATRO DÉCADAS DE ESTIGMATIZACIÓN
Desde hace más de 40 años, los sanjacinteros han vivido con el estigma de ser amigos de la guerilla que halló en el cerro de Maco la guarida para perpetuar la violencia en los Montes de María.
En San Jacinto, los paramilitares son culpados de varias masacres que terminaron desplazando a las comunidades de Arenas, Corralito, Las Palmas y Bajo Grande, además de asesinatos selectivos contra muchas personas.
Este pueblo soportó los desmanes cometidos por la guerrilla del ELN, ERP, EPL y FARC durante más de 30 años y los de los paramilitares desde 1997 hasta el 2004.
Algo que recuerdan los habitantes de la “Tierra de la Hamaca” es que los paramilitares se ensañaron contra la familia Quiroz Tietjen. Esta familia puso 4 muertos en los tiempos de barbarie. En la primera incursión asesinaron a GUILLERMO QUIROZ TIETJEN, en 1983, quien era secretario de la Asociación de Usuarios Campesinos (Anuc), línea Sincelejo. A Guillermo lo acusaron de ser guerrillero.
Después mataron a Carlos Quiroz Caro, y en agosto de 1997, por orden de Salvatore Mancuso, como él mismo lo reconoció, acribillaron al alcalde electo de San Jacinto, Carlos Quiroz Tietjen. Poco tiempo después cayó, también a manos de los paramilitares, Frederic Quiroz Tietjen.
“Lo peor de todo es que los señalamientos son falsos y ninguna autoridad los ha comprobado. Los Quiroz Tietjen siempre han sido unos hombres de bien, trabajadores y con un alto sentido de pertenencia por San Jacinto. Pero les quedó el estigma”, dice un habitante de este pueblo.
Espere para el próximo domingo la tercera y última entrega de ¿por qué a nosotros?: “Cuando la sombra de la muerte se posó sobre Arjona”.
LAS VÍCTIMAS, LO PRIMERO
Arturo Zea Solano, coordinador regional de la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación (CNRR), dice que a estas alturas, las víctimas son lo primero.
“Hasta este momento la Fiscalía es la entidad que mejor ha hecho el inventario de la violencia paramilitar en los Montes de María. Hasta la fecha ha reportado 6.000 víctimas, y Acción Social, de acuerdo a las solicitudes de indemnización administrativa, da cuenta de 2.800 víctimas que han solicitado reparación en Bolívar”.
“Nosotros estamos buscando la voz de las víctimas a través de la garantía de la representación judicial ante los procesos de justicia y paz; y a través de procesos de empoderamiento y de organización de una red de víctimas en la que estamos empeñados en Bolívar. De manera que aspiramos a que en esta nueva etapa de 2009, la voz de las víctimas sirva para contrastar las declaraciones hechas por los victimarios”.
Zea Solano destacó que hay muchas comunidades donde no han denunciado. “En Calamar se negaron a divulgar la jornada que la Fiscalía, la CNRR y la Defensoría íbamos a realizar en el pasado mes de junio para conocer las víctimas de los paramilitares. El oficial de la Policía y el Personero se vieron en dificultades porque no asistieron las víctimas a esta reunión, lo que revela que aún hay mucho miedo”.
El funcionario indicó que el proceso de Justicia y Paz cumple cuatro años y hasta ahora sólo hay una condena, que es la de alías “El Loro”, expedida hace dos meses.
“Si las víctimas se organizan, pueden incidir en las políticas públicas”, enfatizó.
