Víctima de la masacre de El Topacio perpetrada hace 28 años, Eusebio “Chepe” Buriticá conserva en su cuerpo las cicatrices de la violencia. Hoy sigue buscando, sin éxito, reparación por parte del Estado.
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Autor: Sergio Andres Correa Buitrago
31 de Julio de 2016
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Eusebio de Jesús Buriticá Rincón conoce el dolor de la guerra. Lo vive en carne propia, literalmente, cada vez que siente en su vientre una punzada tan fuerte, tan aguda, que se queda sin respiración. La sensación le llega ahí, en el abdomen, por donde hace 28 años atravesó una bala. Y en el costado, otra. Y otra en el hombro. Y una última en el pecho. Uno, dos, tres, cuatro de los nueve disparos que resonaron en las estrechas calles de San Rafael en una fría tarde de septiembre de 1988 se alojaron en su cuerpo.
Los dolores no son permanentes. Le llegan de repente, lo invaden, le consumen toda su energía y lo obligan a tumbarse en la primera cama que encuentre, moviéndose constantemente porque si se queda quieto la sensación es peor. Por lo menos eso es lo que él me narra. Y yo le creo.
Eusebio… no, mejor Chepe, como él prefiere ser llamado pues afirma que con su nombre real le fue muy mal en la vida, reconoció a su agresor. Ese hombre alto, delgado, de rostro blanco y perfilado, ahora vestido de civil, era el mismo que meses antes lo había retenido contra su voluntad. La única diferencia es que, en aquellas oportunidades, había visto a ese hombre portando el uniforme del Ejército Nacional.
A finales de esa década de los 80, cuando el ambiente en San Rafael empezó a cambiar, Chepe vivía en la vereda El Topacio, un pequeño caserío a orillas del río Nare, zona limítrofe con San Roque. Era minero como lo eran todos sus vecinos. Nunca fue a la escuela, no aprendió a leer ni a escribir. No conocía otra forma de ganarse la vida.
Días de tensión
Las cosas ya venían tensas en San Rafael desde finales de los 60, cuando desde Medellín se promovieron proyectos de infraestructura hidroeléctrica en la región, que las comunidades percibieron más como imposiciones y atropellos que como impulsos al desarrollo. Empezaron las movilizaciones sociales a reclamar lo que la gente por derecho asumía como suyo: el territorio. Pero exigían también responsabilidad por parte de las empresas de energía que empezaron a llenar el pueblo de maquinaria, vehículos y trabajadores sin medir impactos ni consecuencias. Y también lo llenaron de soldados para garantizar la seguridad en las obras.
Chepe es un hombre menudo, delgado, de tez clara, alrededor de 1,60 de estatura, manos callosas, ojos oscuros y mirada directa. A sus 46 años, que aparentan ser muchos más, como si la tristeza lo hubiera envejecido a la fuerza, nunca le ha tenido tanto miedo a algún ser humano como se lo tuvo al capitán Carlos Enrique Martínez Orozco.
Proveniente de la Decimocuarta Brigada del Ejército, el capitán Martínez Orozco llegó a San Rafael en 1987 con todo un contingente bajo su mando.
“Si limpié a Puerto Berrío que era un potrero grande, cómo no voy a poder con este potrerito de San Rafael”, diría Martínez 0rozco a su llegada en pleno parque principal. Palabras que no sólo sonaron a sentencia, a amenaza, sino que aún resuenan en el recuerdo de Chepe que, mientras me lo cuenta me mira y sus ojos se ensombrecen, retrae sus manos en un gesto tenso. Se trata sin duda de una frase impactante para él.
Pero es que Martínez Orozco no sólo se refería a “limpiar” al municipio de la influencia de las Farc, que ya se sentía en alguna medida. Su llegada coincidió con el auge de la Unión Patriótica como movimiento político y el surgimiento de líderes locales como Alejo Arango del Río, Froilán Arango Echeverri y Rosa Margarita Daza Duque. Todos ellos posteriormente desaparecidos y asesinados.
Sin explicación
Chepe se dio cuenta de las intenciones soslayadas del capitán Martínez Orozco la primera vez que fue retenido contra su voluntad. Era junio de 1988. “Nosotros estábamos en la mina y a mí me cogieron allá, cogieron a los hermanos míos, nos encerraron en una escuela. Nosotros veníamos para las casas y ellos estaban ahí en la escuela y ahí nos cogieron y nos encerraron ahí. Ellos estaban vestidos de soldado. Entonces ya nos cogieron, nos encerraron ahí, tuvieron un viejito, un señor que se llama Alberto Agudelo, a ese señor lo amarraron en la puerta de la escuela así, con las manos así (extendidas), amarrado ahí como para que nosotros no saliéramos”.
No había explicación coherente para esa retención porque a Chepe no le cabía en la cabeza cómo alguien podría llegar a pensar que él fuera guerrillero, pero eso fue lo único que los soldados se limitaron a decirle. “Allá nos tuvieron, nos cogieron a las dos de la tarde y nos tuvieron allá hasta el otro día a la una de la tarde. De ahí cuando nos fueron a largar, lo que nos dijeron fue ‘y prevénganse porque viene un combito que es más bravo que nosotros’. Pues, nosotros no paramos como muchas bolas a eso, de todas maneras nosotros vivíamos por ahí, entonces qué íbamos a sospechar de alguien”.
A Chepe y sus compañeros los dejaron libres, pero la libertad, que a veces es tan fugaz e ilusoria, duró sólo 15 días. De nuevo, cuando regresaba de trabajar e iba camino hacia su casa, el mismo grupo de soldados lo retuvo. “Me cogieron a mí y a otro muchacho y nos pusieron a trotar a pie limpio por la carretera. Entonces ya me largaron a las tres de la tarde. Ellos me ponían a trotar que porque yo era un guerrillero, porque mi papá no estaba en la mina y mi papá ese día estaba enfermo, entonces yo les dije: ‘yo voy y los llevo a mi casa que allá está papá enfermo’, decían que no, que eso no era así, que papá estaba era cargándole comida a la guerrilla”.
Ese día, los militares lo llevaron hasta la casa y sacaron a su padre a caminar por el monte. Y allá en medio del rastrojo, ocultos a la vista cuestionadora pero temerosa de los vecinos de El Topacio, lo golpearon hasta el cansancio. El padre de Chepe regresó a su casa al día siguiente, cojeando, y con nada más en el estómago que un puñado de lentejas crudas que los soldados le habían obligado a comer.
Cacería
“Abran la puerta, guerrilleros hijueputas”, se escuchó a las dos de la madrugada, ocho días después, en la casa de la familia Buriticá. Eran voces que Chepe reconocía, pero que esta vez estaban cargadas con sed de muerte. “Llegaron fue tumbando todo. Nos tiraron boca abajo en unos pantaneros que había, porque había caído agua, y ahí estaba el hermano mío, más abajito vivía el otro, lo más que dijeron: ‘hicimos cacería’. Entonces a mi papá lo agarraron a darle pata ahí, porque usted sabe que el cucho siempre se resabia a sacar la cara por los hijos”.
De sus casas, a rastras, los militares empezaron a sacar a varios de los mineros que trabajaban a orillas del Nare. Nadie se resistió, nadie trató siquiera de impedirlo. El miedo es una sensación tan poderosa que puede hasta calar en los huesos e inmovilizar el cuerpo, impotente, frágil. Las armas siempre generan miedo y aquellos soldados estaban armados hasta los dientes.
Cuando logró recobrar un asomo de lucidez, Chepe quiso salir a buscar a sus compañeros: “Yo tenía un hermano que él para donde yo le dijera, ahí mismo volteaba conmigo. Entonces le dije: ‘sabe qué, vámonos a las seis de la mañana a buscarlos’ y nos fuimos dizque a buscarlos. Por ningún lado los encontramos. Por ningún lado. Por allá vimos a unos señores que nos dijeron ‘devuélvanse que allá de donde ustedes minean, se llevaron a toda esa gente’”.
Temiendo por su vida, los hermanos Buriticá corrieron de regreso a casa a buscar a sus padres. Jadeando por el cansancio, intentaron convencer a su papá de abandonar la vereda y refugiarse en el pueblo. “’No, yo de aquí no me muevo sin los muchachos’, contestó mi papá. Entonces le dijimos ‘Apá, pero es que por nosotros también vienen, acuérdese que dijeron que acababan con todo’ y dijo ‘no mijo, qué van a volver’.
La noticia ya corría de boca en boca: catorce eran los hombres desaparecidos. Cuando estaba decidido a abordar una chiva que lo llevara hasta el pueblo, Chepe se enteró que entre los retenidos estaban dos de sus hermanos y un tío. Hasta ahí le llegó la determinación. No podía dejar a sus padres, tenían que irse todos. Cuanto antes, mejor.
La familia Buriticá encontró posada acudiendo a la caridad de una señora que vivía al lado de la estación de gasolina de San Rafael. El Topacio se quedó sin gente. Las cerca de 500 personas que allí vivían, se fueron. Habían pasado unos ocho días desde las desapariciones, pero a pesar de la angustia, nadie se atrevía a indagar por lo sucedido y menos, a regresar a la vereda.
“Yo estaba sentado ahí en una esquinita, cuando pasó un compañero y me dijo ‘oiga, ¿usted no ha vuelto a bajar por allá?’ y le dije ‘no, yo no he vuelto a bajar’ y me dijo ‘hermano, usted verá como avisa, pero en el río se ven meras cosas encimadas y gallinazos encima. Hermano, está toda la gente picada’”.
“No reconocimos nada”
Pese al olvido al que quedó relegada años después, la masacre de El Topacio fue noticia en su momento. La versión oficial registrada por los medios de comunicación afirmaba que en el desarrollo de un operativo, el Ejército había dado de baja a catorce guerrillleros de las Farc. Sin embargo, EL MUNDO se atrevió a dudar de esa versión e indagó en San Rafael por lo que realmente había ocurrido. No había duda. Los restos mortales de los mineros habían sido encontrados en las orillas del Nare y así fue publicado en la edición del jueves 23 de junio de 1988.
Chepe no tuvo valor para bajar al río. No quería presenciar una escena tan macabra. Lo que sí recuerda con claridad es un helicóptero sobrevolando San Rafael con una góndola negra de plástico colgando. Ahí iban los despojos de sus parientes y compañeros. “Cuando aterrizó el helicóptero en el cementerio, nos llamaron que fuéramos a ver si reconocíamos algo, pero nosotros fuimos y ahí no reconocimos nada. Qué iba uno a reconocer ahí”.
Ahí estaba Martínez Orozco
Motivado por el hambre y las necesidades diversas que estaba pasando su familia, Chepe decidió buscar trabajo. No lo encontró en San Rafael, pero sí en una mina de Guatapé. Un día de descanso, Chepe había regresado al pueblo a visitar a sus padres y se antojó de bajar a nadar al río. “Yo estaba tirando baño, cuando un man de civil así tocándome la espalda: ‘Hey, me acompaña’, y yo ‘¿sí, a dónde?’ y me dijo ‘acompáñeme’. Yo me le resabié: ‘¿Cómo así que acompáñeme?’, cuando se alzó así la camisa y me mostró el fierro, entonces pensé ‘no, aquí no hay más de otra’. Me fui con él y fue y me metió aquí al calabozo del pueblo”.
Ninguno de los policías encargados de custodiar el calabozo sabía explicarle el motivo de esta nueva retención. En la tarde llegó allí una volqueta llena de soldados. Sacaron a Chepe del calabozo, lo hicieron tumbar boca abajo en el volco y uno de ellos le pisó la espalda. Así lo trasladaron hasta una base militar: “Eso se llama Pisques, todavía yo creo que existe la base, allá me llevaron, allá me tuvieron, que porque yo era hermano de los que habían matado, o sea, de los que habían picado allá. Y yo les suplicaba que no me tuvieran ahí, que yo no era ningún guerrillero”.
Allí, Chepe reconoció al capitán Martínez Orozco. Era él quien estaba a cargo de la base. Y también identificó a un soldado alto, flaco, de rostro alargado. Ya lo había visto antes en El Topacio y lo vería meses después disparándole con una pistola. “Tengo ganas de hígado caliente”, le dijo el soldado a Chepe acercándosele mucho al rostro, tanto, que podía sentir el aliento fétido del militar entrando por su nariz.
Amarga menta
“Otro soldado me dijo ‘oiga, se me pierde de acá’. Le dije yo ‘cómo así señor, y yo para dónde me voy a perder a estas horas’, eran las 11 de la noche”. A Chepe lo liberaron tres días después, luego de forzarlo a trabajar deshierbando la base y sin darle nada más de comer que confites de menta. La condición para dejarlo ir, era que se presentara cada viernes en el billar La Cueva, en pleno parque principal del pueblo.
“Yo llegué acá y ya me relajé, cada ocho días venía para el billar La Cueva, yo venía, no veía a nadie, a nadie, a nadie. Eh, yo decía, ‘yo qué hago pues ahora’. Y entonces yo llegué y estuve tres meses viniendo cada ocho días, hasta que yo le dije a mamá ‘no amá, yo ya me cansé de ir por allá y no veo a nadie, yo no voy a volver por allá’, y me dijo ‘mijo y si vuelven y lo cogen y se lo llevan, qué’”.
Sintiéndose burlado, Chepe dejó de ir al billar, pero seguía recorriendo las calles de San Rafael buscando trabajo, rebuscándose la vida con cualquier cosa que lo pusieran a hacer. Una tarde regresaba de esa caminata, cuando escuchó unos balazos: “yo dije ‘pero a quién le estarán disparando’, cuando me miré y vi la sangre, pensé ‘¡ay jueputa, es que esto es para mí!’”.
Olvido macondiano
En su relato de la masacre de las bananeras ocurrida en 1928 en Ciénaga, Magdalena, y que está contenida en el capítulo 15 de Cien años de soledad, Gabriel García Márquez narró: “La versión oficial, mil veces repetida y machacada en todo el país por cuanto medio de divulgación encontró el Gobierno a su alcance, terminó por imponerse: no hubo muertos (…) Era todavía la búsqueda y el exterminio de los malhechores, asesinos, incendiarios y revoltosos del Decreto Número Cuatro, pero los militares lo negaban a los propios parientes de sus víctimas, que desbordaban la oficina de los comandantes en busca de noticias. ‘Seguro fue un sueño -insistían los oficiales-. En Macondo no ha pasado nada, ni está pasando ni pasará nunca. Este es un pueblo feliz’”.
Algo muy similar ocurrió con la masacre de El Topacio, que fue relegada a un olvido intencional, en el que hubiera continuado de no ser por el informe y el acto simbólico de reparación a las víctimas que realizó el Centro Nacional de Memoria Histórica 28 años después. Ese acto, en el que habíamos participado Chepe y yo, había concluido. Su testimonio había contribuido a la reconstrucción de los hechos que emprendió el Centro de Memoria y que ahora entregaba a la comunidad en forma de libro. Y allí estábamos, sentados en el solitario quiosco del parque de San Rafael, compartiendo un par de cervezas para alivianar una conversación tan dura, un relato tan descarnadamente franco.
Chepe se levantó de su silla, cojeando, y lentamente caminamos en dirección a la calle que rodea la iglesia. Se acercaba la medianoche y reinaba el silencio, aumentando la claridad con la que resonaban sus palabras: “Yo llevo diez años en vueltas, mandando papeles para que el Estado me pueda reparar económicamente, pero lo más que me contestan es que las heridas me las pudieron haber hecho en una riña y que de esa masacre no hay pruebas”.
Para él, el acto simbólico y el informe del Centro de Memoria es valioso, en la medida en que visibiliza de nuevo la tragedia, pero no es suficiente. “Aquí no ha habido justicia, esa gente sigue libre”.
El padre de Chepe murió pocos años después de la masacre, por las secuelas de los golpes que recibió mientras estuvo retenido por los militares, y él, a pesar de sus dificultades físicas, tuvo que volver a la minería para subsistir. Hoy vive de nuevo en El Topacio, con sus dos hijos y asegura que después de tres décadas de dura violencia en el Oriente antioqueño “todo está tranquilo por allá”.
Nos despedimos y él se va caminando con dificultad, se pierde entre el entramado de caminos que componen el casco urbano de San Rafael. Sólo la luna lo acompaña y le ilumina los desgastados tenis que va arrastrando con lentitud. Quizá muy pronto ya no se acuerde de mí, pero yo espero que su historia no sea olvidada. No de nuevo.
La voz de los familiares
“Esta es una masacre que realmente marca un hito en la historia de San Rafael. Es un hito histórico, realmente, porque es algo que está en la memoria de la gente, pero sin que eso tampoco hubiera podido ser nombrado acá localmente, ni elaborado, ni reconocido. Es algo que está. A cualquiera que usted le pregunte, algo le va a decir, pero realmente no había una labor de construcción de memoria propiamente dicha.
Entonces cómo lo hacemos. Es muy importante tener en cuenta que aquí el contacto precisamente con los familiares de las víctimas es fundamental. Si no se hubiera tenido ese contacto con los familiares de las víctimas, tampoco hubiera sido posible reconstruir el hecho”.
Ana María Jaramillo, relatora del informe del Centro Nacional de Memoria Histórica que señala al Ejército como responsable de la masacre.
La reparación simbólica
El pasado jueves 28 de julio tuvo lugar el acto de reparación simbólica a las víctimas de la masacre de El Topacio, en el marco de la entrega a la comunidad del informe Memorias de una masacre olvidada, realizado por el Centro Nacional de Memoria Histórica. Acompañadas por el coro Performance Coral de la Universidad Pontificia Bolivariana, las víctimas se congregaron en el parque principal de San Rafael y entonaron canciones alusivas al perdón y la reconciliación. Decenas de velas encendidas iluminaron la noche en señal de un nuevo comienzo.
“Lo de ese 14 de junio de 1988 sí pasó (…) y jamás lo olvidaremos, indudablemente, los que en ese momento fueron víctimas y posteriormente los que fuimos víctimas por parte de otros actores armados, pero estamos llamados a perdonar”, manifestó Abad Marín, alcalde de San Rafael.
